sábado, 5 de octubre de 2019

BIOGRAFÍA


Guillermo Fadanelli nació en la ciudad de México en el Hospital del Sagrado Corazón ubicado en Calzada de Tlalpan. Un hospital que ha dejado de existir: ahora es un hotel. A los nueve años libra su primera pelea con los puños y un niño al que apodaban el Caperuza le parte la madre. A los once años, su padre lo mete a una escuela militar donde en lugar de corregirse se hace más cínico. A los trece gana su primera pelea después de un amplio historial de derrotas. A los dieciocho tiene su primer auto: un Rambler 67. Su primer viaje es a San Francisco a los veintiuno. Allí conoce a su tío Johnny, ex-combatiente de Vietnam, quien lo inicia en el arte de beber toneladas de cerveza. A principios de los años ochenta entra a estudiar Ingeniería y nunca obtiene el título porque evita entrar a clases. Aquí es cuando la literatura comienza a ser interesante para él. En Ingeniería conoce a Yolanda Martínez y al lado de un grupo de amigos funda la revista Moho. Su primer libro se titula El día que la vea la voy a matar publicado por editorial Grijalbo. A principios de los noventa cuida árboles de Navidad en la esquina de la 87 y la Segunda Avenida de Nueva York: le pagan 1,500 dólares. Después trabaja como dependiente de una pastelería en Madrid; no recibe sueldo, pero a cambio de su trabajo le dan techo y alimentos. Vive en Berlín un año y se sorprende que sirvan tibia la cerveza. También se interesa en la biografía de los Hohenzollern. En Bogotá y La Habana hace buenos amigos. En Lima deja plantada a la prensa (un diario anuncia su desaparición y posible secuestro) y en Graz va a beber con el director del Museo de Criminología. Ha publicado varias novelas y se aferra a seguir al frente de Editorial Moho. Ya casi no tiene amigos porque los ha perdido con el pasar de los años. Y parece estar muy contento.

viernes, 4 de octubre de 2019

lunes, 21 de mayo de 2018

DEMOCRACIA, DEBATE Y DROGAS


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“Cada vez que ustedes votan me hunden; ojalá fortalecieran la democracia, pero en realidad la socavan: suponen que tienen poder, que su voto les da poder, pero es al contrario: se los quita; permiten que los incapaces y las peores personas tomen las riendas y que el mal, la inequidad y el crimen continúen; he allí su tradición: acudir como reos a las urnas, encadenados a lugares...” He aquí una carta que ha llegado a mis manos…

TEXTO COMPLETO


Columna en EL UNIVERSAL, 21 de mayo de 2018.

jueves, 26 de abril de 2018

EL MAPA DEL CATACLISMO


Texto de Naief Yehya sobre la novela AL FINAL DEL PERIFÉRICO de Guillermo Fadanelli.

“En su novela Al final de periférico, Guillermo Fadanelli hace un recuento, con toques de crónica, acerca del lugar donde pasó buena parte de su adolescencia: Coapa… El autor hace una disección de los dialectos, las manías y las obsesiones que ofrecían nuevas formas de ser capitalino: mucho más que una crónica de la gentrificación y más allá de una impactante serie de recuentos cómicos, grotescos, violentos y melancólicos de adolescencia… Por un lado hay una notable reflexión del fenómeno de la suburbanización de una ciudad, en imitación de fantasías y modelos estadunidenses de salvación y escape de lo que veían como la chusma y la violencia de las urbes.”

lunes, 12 de febrero de 2018

CONVERSACIÓN



Obra reciente de GUILLERMO FADANELLI. Conversan Naief Yehya, Rafael Pérez Gay y Luis Muñoz Oliveira. Libros:
MEDITACIONES DESDE EL SUBSUELO.
EL BILLAR DE LOS SUIZOS Y AL FINAL DEL PERIFÉRICO.

Pulquería Insurgentes. 19:30 hrs.
JUEVES 22 DE FEBRERO DE 2018.

viernes, 19 de enero de 2018

FEMINISMO Y MISOGINIA: ¿UNA GUERRA FRÍA?

Tengo la impresión de que hoy en día referirse a los hombres y las mujeres y a su papel en los movimientos sociales o en el terreno de la justicia humana puede acarrear frondosas discusiones o, si no se tiene cuidado, dar lugar a lapidaciones espontáneas y a consignas anacrónicas. Como si en realidad hombres y mujeres agotaran la diversidad sexual y representaran los polos absolutos del género humano, como si ambos conformaran los dos ejércitos involucrados en una guerra fría que amenaza con estallar por el motivo más inesperado: ¡El Terror! Todo movimiento político, más allá de las causas que lo mueven o justifican, suele ser acompañado de un determinado y minúsculo contingente radical que puede llegar a crecer al punto de olvidarse de los propósitos originales y socavar una posición política positiva hasta el grado de tornarla peligrosa, injusta o ridícula (en el mejor de los casos). La militancia cerril es ajena a mi persona, pero eso no me impide simpatizar con casi cualquier movimiento o aglomeración social que defienda a los habitantes más débiles: sean estos, niños, ancianas, hombres, ciegos, mujeres, chaparros, altas, gordos, flacas, con mirada de águila o lechuza, con pies planos o amputados, con semblante de mosca muerta o avispados y etcétera: todo aquel que sea objeto de crueldad, acoso, violencia, extorsión, o sea excluido de los mínimos bienes que ofrece la civilización y el progreso ético tendría —por decoro, al menos— que ser defendido contra aquellas sabandijas que se aprovechen de su condición indefensa. Es a raíz de tal imperativo que cualquier movimiento que haga alusión a la debilidad e intente equilibrar —política o socialmente— tales diferencias tiene mi adhesión, pero no el voto a ciegas, pues de hacerlo cometería yo un error fundamental: disminuir o despreciar la diversidad, complejidad y la conversación humanas para reducir a sus participantes a ser las piezas de un juego tiránico en donde yo decido quien representa el mal y quien el bien. (Recordarán la terrible y reveladora frase que pronunció el nazi H. Göring cuando le solicitaron clemencia para una víctima: “Yo decido quien es judío, y quien no.”) El extremista o tirano en potencia adherido a cualquier movimiento social cuyas causas son legítimas termina exclamando, como Göring: “Yo decido quien vive y quien muere; quien tiene derechos y quien no, quien es misógino y quien es un aliado de nuestro ejército”.    
     Antes de que alguien se considere un libertador o defensor a ultranza de cualquier causa, primero debería mostrar sus dotes de humanismo (credenciales, sí), su capacidad de tolerancia y sus reales propósitos de extender la libertad. ¿Qué clase de libertad? La que supone construcción de límites inteligentes y no un elemental salto de obstáculos o un mero quitarse de encima lo estorboso. Esta última clase de libertad terminaría siendo parecida a un torbellino que lo arrasa todo y destruye cualquier edificación. Un misántropo (no misógino) como lo soy yo, testigo de la lluvia actual de consignas extremistas o fascistas de cualquier clase, y luego de cavilar y mirar de cerca el asunto, responde siempre al guiño fascista alzando la voz y diciendo: “No estoy de acuerdo”.  (Tal parece que la dulce ataraxia me está vedada).
     Cuando pienso en El libro de Genji escrito en el siglo XI por la escritora japonesa doña Musaraki; o en Marie de Gournay, escritora y ensayista audaz del siglo XVI y quien vivió una de las épocas más oscuras y sangrientas consecuencia del antagonismo religioso europeo; o me detengo en todas aquellas mujeres cuya obra artística o talento científico o filosófico ha sido notable (Susan Greenfield, Carson McCullers, Inés Arredondo, Virginia Woolf, Hannah Arendt, Martha Nussbaum… y un agotador etcétera) no se me ocurre compararlas u oponerlas a los hombres (como si todas ellas conformaran una entidad sin fisuras o un concepto sólido) porque tal hecho representaría, ya en sí, un desacato racional e intuitivo colmado de una candidez insoportable a mi edad. Hacerlo no haría más que aceptar las reglas de un juego y estado opresivo: la división de un mundo despótico entre hombres y mujeres que rivalizan haciendo a un lado la existencia de individuos y seres singulares. Resistirme a abordar al arca de Noé me hace más libre y me da distancia para observar y actuar. Si ustedes leen en París era una fiesta, de Ernest Hemingway la sacudida y aporreo que le da Gertrude Stein al más famoso de los escritores de la Generación Perdida, comprenderán a lo que me refiero. La señora Stein daba unos juicios abominables respecto al sexo, que dejaban temblando a todo París; sin embargo, había experiencia, sabiduría y arte en sus juicios, por demás tajantes. Uno puede estar de acuerdo con ella o no, pero eso carece de importancia cuando se piensa que ni Stein ni Hemingway se deseaban mutuamente la horca.
     No veo más enredo: mujeres, hombres y géneros restantes tienen que gozar de igualdad ante las leyes cuya redacción o contenido ha de tomar en cuenta la especificidad propia de cada minoría. En una democracia efectiva el respeto por las minorías o por quienes son diferentes le otorga calidad a las mayorías. Que un rinoceronte apelmazado como Trump —por ejemplo— encarne él mismo en un disparate racista, misógino y ordinario ha alentado una respuesta feroz legítima, pero que no tendría por qué ser extendida al resto de los hombres que no se comportan como él. Quien cometa este elemental tropiezo, mezcle sin medida y lance piedras a ciegas se descubrirá a sí mismo como un extremista cuyos motivos de lucha seguramente estarán velados a los demás por ser profundamente subjetivos. No conozco una especulación o filosofía de la mente respetable que divida a la conciencia o al sujeto de la experiencia en rosa o en azul. Su trabajo es examinar el yo y sus vaivenes epistemológicos, no decirnos que un cerebro es mejor que otro. ¿Y que sucede en la realidad? ¿En el mundo cotidiano y callejero?, habrán de preguntarme. Me parece evidente que un hombre que acosa, hace uso y obtiene provecho de su fuerza bestial y humilla a las mujeres es, civilmente, un criminal. Y “hay que darle”, como diría mi madre.        

Guillermo Fadanelli    

viernes, 27 de octubre de 2017

El billar de los suizos

Libro publicado





EL BILLAR DE LOS SUIZOS
Libro de crónicas de Guillermo Fadanelli.

Cal y Arena. 2017


Lo poco que me es posible prometer aquí es que si mis crónicas se leen con buen ánimo y sin mala leche entonces el viaje será compartido y nadie se arrepentirá. “La gente no es mala si tiene espacio donde moverse”, se escucha decir a un personaje en Hotel Savoy, la novela de Joseph Roth. Mas yo añadiría que el espacio en donde uno puede moverse se relaciona más con la libertad, la curiosidad y la imaginación que con el espacio mismo (en el espacio lo extraño es mera continuación de lo conocido). De lo contrario, lo más conveniente habría sido, en mi caso, realizar un viaje de cuarenta días alrededor de mi habitación y no exponer a los otros al mal rato de mi presencia y compañía. Aunque en general fui un viajero solitario, no grato y modesto llegué a urdir amistades que hicieron de mi vagancia algo memorable o, al menos, un suceso digno de recuerdo. Es posible que muchas de ellas no me guarden en su memoria, ya que ejercí con mucho cuidado la sana acción de pasar inadvertido —hasta donde mi temperamento lo permitió—, mas a todas estas personas, intensas y ocasionales, dedico este libro de crónicas.


EL BILLAR DE LOS SUIZOS UN MANUAL PARA EL BUEN VAGO. YACONIC.
http://www.yaconic.com/el-billar-de-los-suizos/

En Cal y Arena
https://edicionescalyarena.com.mx/libros/el-billar-de-los-suizos-memorias-atendidas/