sábado, 5 de marzo de 2016

BIOGRAFÍA


Guillermo Fadanelli nació en la ciudad de México en el Hospital del Sagrado Corazón ubicado en Calzada de Tlalpan. Un hospital que ha dejado de existir: ahora es un hotel. A los nueve años libra su primera pelea con los puños y un niño al que apodaban el Caperuza le parte la madre. A los once años, su padre lo mete a una escuela militar donde en lugar de corregirse se hace más cínico. A los trece gana su primera pelea después de un amplio historial de derrotas. A los dieciocho tiene su primer auto: un Rambler 67. Su primer viaje es a San Francisco a los veintiuno. Allí conoce a su tío Johnny, ex-combatiente de Vietnam, quien lo inicia en el arte de beber toneladas de cerveza. A principios de los años ochenta entra a estudiar Ingeniería y nunca obtiene el título porque evita entrar a clases. Aquí es cuando la literatura comienza a ser interesante para él. En Ingeniería conoce a Yolanda Martínez y al lado de un grupo de amigos funda la revista Moho. Su primer libro se titula El día que la vea la voy a matar publicado por editorial Grijalbo. A principios de los noventa cuida árboles de Navidad en la esquina de la 87 y la Segunda Avenida de Nueva York: le pagan 1,500 dólares. Después trabaja como dependiente de una pastelería en Madrid; no recibe sueldo, pero a cambio de su trabajo le dan techo y alimentos. Vive en Berlín un año y se sorprende que sirvan tibia la cerveza. También se interesa en la biografía de los Hohenzollern. En Bogotá y La Habana hace buenos amigos. En Lima deja plantada a la prensa (un diario anuncia su desaparición y posible secuestro) y en Graz va a beber con el director del Museo de Criminología. Ha publicado varias novelas y se aferra a seguir al frente de Editorial Moho. Ya casi no tiene amigos porque los ha perdido con el pasar de los años. Y parece estar muy contento.

viernes, 4 de marzo de 2016

Novela traducida al inglés: SEE YOU AT BREAKFAST?

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ha publicado la novela:

SEE YOU AT BREAKFAST? De Guillermo Fadanelli
Traducida por Alice Whitmore
Mar-2016

Fotografía de portada de MIGUEL CALDERÓN.



viernes, 27 de noviembre de 2015

DANDO EL ROL CON WELSH




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DANDO EL ROL CON WELSH: Guillermo Fadanelli en conversación con Irvine Welsh-

FIL Guadalajara. Martes 1 de diciembre de 2015, 18:30 hrs.
Salón 1, PB, Expo Guadalajara





domingo, 1 de noviembre de 2015

LOS HILOS

Una pregunta ha sido constante en el pensamiento menos conformista de la historia humana. Plantearla es algo bastante sencillo: “¿Quién carajo mueve los hilos?” El “carajo” puede ser evitado, pero le otorga a la pregunta un rasgo de dramatismo e impotencia muy convenientes a su importancia. No aludo a los hilos que el desprestigiado y ordinario poder político utiliza para preservarse; ni tampoco a los encantos femeninos que una vez desatados convierten a un hombre en un ser ridículo, animal y fantasioso. Si pongo en la mesa la pregunta es porque no conozco las razones por las que cierto día solicito al mesero que me sirva una cerveza clara y en la tarde siguiente le demando un vaso de cerveza oscura. ¿Por qué de pronto me levanto de la cama, doy un paseo por la cocina y vuelvo con las manos vacías? ¿Quién o qué mueve los hilos de esos actos o decisiones? Freud tuvo una amplia oportunidad de responder a la pregunta, pero tornó los hilos aún más invisibles. Los religiosos han hecho lo suyo, al igual que los evangelistas de la neurociencia, los materialistas científicos e incluso los futbolistas cuando hacen profundas y sopesadas declaraciones ante una multitud ávida de escucharlos. Y la verdad es que tampoco sabemos por qué debemos creerle a un astrónomo y no a un astrólogo, ni por qué alguien se dedica a la literatura cuando podría administrar los negocios de su familia. El problema sigue vigente y debido a que la pregunta no tiene lugar aunque esté allí, es sabio no abundar demasiado en ella y mucho menos preocuparse por contestarla. Sin embargo, lo que resultaría ingrato y algo descuidado sería ignorar que esos hilos existen y que nadie tiene la menor idea de quien los mueve. La respuesta del tipo: “Los hilos no existen” está descartada pues nadie puede probar tal inexistencia a no ser que, de un momento a otro, ese uno se convierta en piedra o en elote, y entonces no sea ya capaz de preguntarse absolutamente nada. Pasaré por alto que hoy vivimos en el reino de los elotes, pues ello es harina de otro costal. Y hay que concentrarse.
     Un jueves pasado me invitaron a una comida en la Fundación Alumnos 47 con motivo de la puesta en marcha hace unos meses de un blog de crítica en el que participé por medio de una colaboración (www.blogdecritica.com). Quien me conoce sabe que yo en las comidas no pruebo alimentos, acaso bebo licores de varios tonos, escucho lo que otros dicen y disfruto de la compañía de quienes se encuentran en la mesa, si tal compañía es buena o medicinal. La comida transcurrió sosegada y durante la charla se me ocurrió este asunto trascendental de los hilos; no sé exactamente el por qué de la ocurrencia y no haré una pregunta tan burda como: “¿Quién mueve los hilos para que pensemos en los hilos?” Me trataba de convencer de que la crítica de la moral y de las artes en general (los juicios descriptivos y también los que tratan sobre el bien y el mal) se lleva a cabo por medio de palabras o de un lenguaje articulado, no mediante el movimiento de la danza o el sonido de los estornudos. Me imaginé a un crítico improbable explicando las relaciones entre el mercado, la producción, la técnica y el arte por medio de una danza rusa (la kamárinskaya, por ejemplo) y esa sola imagen me intimidó y al mismo tiempo me despertó la risa. Es verdad, casi nadie me hace reír tanto como yo mismo; y basta para ello que me entren deseos de llorar. Nada me da tanta risa como querer llorar. Todos los relatos (literarios, críticos, científicos) que conozco son añadiduras u apostillas a un hecho que no sabemos cuando comenzó. Eso, al menos, me parece evidente. ¿Pero quién mueve los hilos del pensador crítico a la hora de expresarse? ¿El conocimiento proveniente de sus lecturas, estudios, investigaciones, mas su personal afición a la reflexión? ¿O quizás su capacidad de ser intermediario entre un dios intuido (el arte, el sentido, la historia, etc…) y los simples mortales que lo queremos aprehender o comprender? No sé, y además la pregunta es tan absurda y fuera de lugar en este diario que ofende al sentido común.
     En su reciente obra Marienbad eléctrico, Enrique Vila-Matas escribe:  “…haré bien en recordarme a mí mismo que a veces noto que alguien me guía. Esto es así y no puedo ocultarlo ni decir que sea de otra forma. Alguien mueve hilos por ahí.” Y aunque se resiste a ser guiado, el narrador se da cuenta de que a veces los hilos le abren perspectivas nuevas e insospechadas. A muchos nos llega a ocurrir algo así: nos resistimos a ser guiados, pero al final cedemos a los famosos —y para este momento antipáticos— hilos. Cuando uno escribe o hace crítica cree dominar el movimiento de su pensamiento, pero sabemos que un personaje — o varios— incómodo e invisible está detrás de nosotros haciendo de las suyas. Y a veces esta especie de demiurgo lo lleva a uno por buen camino, y otras veces no. Viene a mi memoria el recuerdo de J.G Hamann que en el siglo XVIII buscaba y ansiaba encontrar un lenguaje libre de la gramática, es decir de lo superfluo (la palabra glamour proviene de la misma raíz griega que gramática). Su desesperado anhelo romántico lo convirtió en un ser estrafalario y creativo al mismo tiempo. Pero no hay que detenerse en él por ahora. Lo que deseo dejar claro —o más oscuro— es que ya sea con ayuda de la gramática, o sin ella, es posible crear sentido, gravedad y cuerpo (algo que nos persuada de algo) en un escrito que trate acerca de lo que sea —del cilantro o del arte— y esperar a que el señor de los hilos se ponga de nuestra parte.              


Columna: TERLENKA. EL UNIVERSAL, 19 de octubre de 2015.

    

sábado, 31 de octubre de 2015

MARIONETAS


La semana pasada tenía yo la intención de escribir algo en esta columna parecido a lo que viene a continuación, mas preferí publicar una ficción basada en mis recuerdos de niño. Escribir ficción posee un efecto medicinal en mí, puesto que me cura de la necesidad intelectual de reflexionar acerca de las cosas que me importan, o que creo me importan. A menudo me veo repitiendo que la ficción es la única mentira en la que realmente creo, pero temo que tal aseveración sea sólo una deformación de oficio, como le dicen. No importa: cada día que se sucede en su breve infinitud me albergo en esa bondadosa mentira que solemos llamar literatura de ficción. Lo contrario me resulta cada vez más incómodo: escribir y hacer públicas mis opiniones. Hace varios días, una amiga muy querida me pidió auxiliarla en la escritura del epitafio que se inscribiría en la tumba de su abuela. Me sentí fuera de lugar e incapaz de brindar alguna clase de ayuda porque, pese a que el aforismo es un género donde me siento en casa, no tenía yo ningún derecho a inmiscuirme en la señal escrita y póstuma de una persona que acaba de morir y que no conocí a profundidad. Me incliné por el silencio y dejé sola a mi amiga cumpliendo con esa compleja y definitiva responsabilidad.
     Después, y todavía apenado o frustrado por mi renuncia a ser cómplice de mi amiga en asunto tan personal, me encontré con una cita de Fernando Savater en su Diccionario filosófico y en el apartado destinado a la palabra o al concepto “Estupidez.” Vale la pena transcribirlo: “Un buen test para detectar los estragos en nosotros, intelectuales, de la estupidez, es preguntarnos sinceramente si aún podemos contestar a quien nos inquiera qué hemos hecho frente a los terribles males del mundo con la cuerda modestia de Albert Camus: Para empezar, no agravarlos.” ¿Quiere el intelectual ayudar a remediar los males del mundo?, entonces lo primero que podría hacer es no agravarlos. Luego de cavilar al respecto pensé que tal podría ser un epitafio adecuado para cualquier persona que durante su vida no haya causado demasiado daño a los demás: “No agravó los problemas del mundo.”
     Yo quisiera creer que un intelectual es una persona que no agrava la penuria de quienes lo rodean, sino que la comprende, reflexiona en ella, utiliza su capacidad racional e imaginativa para crear soluciones y alternativas a la realidad concreta de la supervivencia. Pero no es mi finalidad ahora dar alguna definición, y menos exhaustiva, de lo que es un intelectual y menos de lo que significan los conceptos o las ideas. Aun así sospecho que un intelectual tiene la obligación de no ser demasiado estúpido, de expresarse lo más claramente posible y comprender que la inteligencia misma no es más que una capacidad relativa. Los ateos no tenemos noticias de ninguna inteligencia omnipresente o definitiva que nos abarque. La misma idea de inteligencia es metafórica y abstracta, literaria y fantasiosa, lógica e introspectiva, subjetiva y estadística. Uno tendría que esforzarse en hacer las preguntas correctas y en no desperdiciar su erudición respaldando opiniones o ideas que no va a poner en riesgo a la hora de conversar o discutir. Hay que esperar a ser convencido. En otras palabras, creo que esforzarse por construir las preguntas adecuadas tomando en cuenta la complejidad que reviste cualquier asunto mundano no es un ejercicio sencillo. Una vez que, si tenemos suerte y paciencia, hemos llegado a hacernos buenas preguntas, entonces las respuestas caerán del árbol por sí solas.
    Al respecto y porque tiene relación con los párrafos anteriores, cito un libro de John Gray cuyo título es sugerente: El alma de las marionetas. Es un libro algo deshilvanado, pero convincente si uno no ha profundizado, por ejemplo, en el gnosticismo de principios de la era cristiana hasta su nuevo repudio neoplatónico encabezado por Plotino. Sin embargo, se trata, el libro, y me parece loable, de un esfuerzo por ahondar en el concepto de libertad e intentar mostrar que los seres humanos, aun siendo movidos por hilos que ellos no dominan, poseen, en la tierra, en su vida cotidiana y en su ser marionetas la posibilidad de conocer una libertad relativa y no absoluta como a la que aspiraban los gnósticos. En opinión de Gray, tanto los materialistas como los científicos ortodoxos representan una especie de gnosticismo actual, puesto que creen haber revelado las verdades fundamentales del universo. Y escribe: “Los racionalistas, tecnofuturistas y evangelistas de la evolución. Todos ellos fomentan el proyecto de expulsar el misterio de la mente.” Gray insiste en que busquemos la libertad en cuestiones y hábitos comunes y humildes. Hay algo de ascetismo místico en su filosofía cuando pregona que sólo criaturas tan imperfectas e ignorantes como los seres humanos pueden llegar a ser libres, mas sólo si renuncian a explicarlo todo desde una conciencia absoluta y aceptan su condición efímera y limitada: su condición de marionetas que no mueven los hilos. En otras palabras, las mías, sería deseable que los seres humanos no agravaran más los problemas del mundo con su pedantería lógica y tecnocrática, ni con su afán evangélico de difundir ideologías definitivas. ¡Qué alivio el que así fuera!        

Columna: TERLENKA. EL UNIVERSAL, 12 de octubre de 2015.
     

viernes, 30 de octubre de 2015

BENDITA ESCORIA

--> El odio es una hermosa pista de patinaje. Y si careces de la mínima destreza para mantenerte erguido en su superficie entonces aléjate de la pista. De lo contrario te la pasarás de nalgas buena parte de la vida. Administrar el odio es una virtud y una habilidad invaluable. Yo odio casi todo lo que se mueve. Sospecho que, tarde o temprano, el movimiento te causará daño. Sé que la quietud y los objetos inmóviles pueden llegar también a enloquecerte, pero enloquecer puede ser considerado un atributo y un camino a la libertad. Ningún cerebro piensa normalmente: eso es una invención. La normalidad es una patraña que inventan los tiranos de toda clase.
     Estoy escribiendo ahora de manera algo abstracta, cuando en realidad el odio más genuino es el que te despiertan los seres concretos o de carne y hueso. Desde Aristófanes, pasando por los filósofos medievales como Guillermo de Occam, hasta Wittgenstein y los lingüistas modernos, sabemos que una cosa es la belleza y otra muy diferente son los objetos bellos. Yo, amante del odio, detesto la tacañería, pero la palabra tacañería pierde peso y abstracción cuando te enfrentas a un tacaño en persona. Carajo. Me entran unos peligrosos deseos de estrangularlo. Los tacaños de carne y hueso, de pelo y zapato, emergen del vientre de una rata muerta (allí duermen), son como el estornudo de un moribundo, y cuentan sus monedas como los últimos pelos del cráneo. Me son hostiles, mas como afirmé en un principio sé patinar con tranquilidad en pistas riesgosas. Los dejo pasar y continuar con su misión de hacernos la vida más amarga. No amo a mis semejantes porque no son mis semejantes, quiero decir.
     Es un lugar común —y por ello casi inobjetable—, decir que uno bebe con el fin de soportar a los antipáticos y volverlos más agradables. No hay nada tan serio y cierto. Sin embargo, yo no necesito beber para aminorar el odio. Sonreír no es aceptar. Llevo a grados de enfermedad la cortesía y la capacidad de desatenderme. Y, pese a mis precauciones, los tacaños, los políticos retóricos, los emprendedores idiotas, los puritanos y vigilantes de la moral ajena, me despiertan no ganas de beber, sino de lanzar un par de puñetazos a sus concretas barbillas. Si estos personajes, que han nacido odiosos, me despertaran deseos de echarme un trago correría primero a estrecharles la mano: “Benditos sean, jodidos miserables, escoria, por sembrar en mí los deseos de embriagarme.” E.M. Cioran consideraba normal odiar a la mayoría de sus contemporáneos. No quisiera dudar aquí del odio que consumía al escritor rumano a quien, por fortuna, no conocí en persona. Y no obstante que admiro sus libros dudo mucho que haya odiado con tanta energía como yo lo hago (exagero, seguramente). Cioran era tan buen escritor que no podía odiar con profundidad. La buena literatura limpia el excusado a donde van a acabar las pasiones. Y eso no tiene vuelta.  

jueves, 29 de octubre de 2015

CHINCHES Y LOBOS

“Si el hombre no comiera carne no habría soldados.” “Los hombres que comen carne han de pensar y actuar con avidez de sangre.” Leí lo anterior en una novela de Georg Groddeck. Y me dije: es verdad. También pensé que una guerra entre vegetarianos podría ocurrir. Las papas contra las lechugas. De todos modos sería una guerra sangrienta porque los contrincantes no se arrojarían papas, sino que se matarían entre sí usando armas: desde cuchillos cebolleros hasta Kalashnikov. La famosa sentencia de Hobbes: “El hombre es el lobo del hombre”, podría reducirse a: “El hombre es el lobo.” Y ya. Nadie es el lobo más que el hombre. Fue lo que dije en una entrevista a una mujer madura que me miraba con cierta repugnancia. Ella vivía en Polanco y el tráfico que había encontrado para llegar a la entrevista la había puesto de muy mal humor. Entrevistar a un escritor detestable es una cosa, pero atravesar la ciudad —es decir: Polanco— era ya demasiado esfuerzo. Al principio de la charla confundí su repugnancia con una torva curiosidad, pero cuando terminamos, ella me dijo abiertamente: “Todo lo que usted dice se debe a que no tiene hijos. El mundo es negro e inhóspito para usted por esa razón. Si tuviera un hijo el mundo se iluminaría.” Tal cosa dijo. Yo enmudecí durante algunos segundos antes de decir tímidamente: “Hace poco hubo una plaga de chinches en Polanco, estaban en todos lados, las chinches.” Era verdad puesto que lo había leído en el periódico; y como yo pertenezco a la vieja guardia de los vivos creo que todo lo que leo es verdad, incluso si viene en sánscrito.
     Cuando digo “verdad”, me refiero, por supuesto, a una forma depurada de la mentira, es todo. ¿Por qué pensé en las chinches? Porque en ese momento una aguda picazón atacó mi brazo derecho. Me rasqué, discretamente. Entonces recordé a Juan Jacobo Rousseau, el filósofo, el culpable de la Revolución Francesa, de los hippies y de la contracultura, recordé que tuvo cinco hijos y que a todos ellos los envío al hospicio. Lo recordé a él precisamente porque acababa de leer sus Confesiones. Y dije a la entrevistadora: “Si tuviera un hijo lo enviaría a un hospicio. Presiento que me “iluminaría” tanto que acabaría yo ciego.” Ella se fue, harta y convencida de su diagnóstico y de sus verdades. Un hombre que se rasca el brazo mientras dice tonterías no vale la pena de ser entrevistado. Yo me tomé un trago más y pensé en que Groddeck, ese escritor amigo de Freud, había inventado un método infalible para acabar con las chinches: “Mata cada chinche que encuentres, y cuando hayas matado la última, ya no quedará ninguna.”
     Sabemos que Jonathan Swift sugirió que, para acabar con el hambre en Irlanda, había que comerse a los niños. Es célebre el ensayo satírico donde hizo pública su idea: Una modesta proposición, se llamaba el ensayo; y todavía es leído con humor y escabroso placer. Pero hay quien se lo ha tomado en serio y muestra repugnancia por dicha literatura, como era el caso de la entrevistadora. Yo no tengo hijos porque no quiero enviarlos a un hospicio, es decir a una ciudad como el DF o Bogotá. Y, por supuesto, no me los comería.
     La pura realidad es que me apena dar entrevistas, sólo un idiota da entrevistas, es decir un hombre fuerte o un millonario, pero yo soy un hombre nacido en vano, pienso, y digo, maldita bruja, la entrevistadora, seguramente tiene varios hijos “iluminadores.” Vaya luz la que provendrá de su casa. Y los tragos seguían llegando a mi mesa.