martes, 3 de mayo de 2016

BIOGRAFÍA


Guillermo Fadanelli nació en la ciudad de México en el Hospital del Sagrado Corazón ubicado en Calzada de Tlalpan. Un hospital que ha dejado de existir: ahora es un hotel. A los nueve años libra su primera pelea con los puños y un niño al que apodaban el Caperuza le parte la madre. A los once años, su padre lo mete a una escuela militar donde en lugar de corregirse se hace más cínico. A los trece gana su primera pelea después de un amplio historial de derrotas. A los dieciocho tiene su primer auto: un Rambler 67. Su primer viaje es a San Francisco a los veintiuno. Allí conoce a su tío Johnny, ex-combatiente de Vietnam, quien lo inicia en el arte de beber toneladas de cerveza. A principios de los años ochenta entra a estudiar Ingeniería y nunca obtiene el título porque evita entrar a clases. Aquí es cuando la literatura comienza a ser interesante para él. En Ingeniería conoce a Yolanda Martínez y al lado de un grupo de amigos funda la revista Moho. Su primer libro se titula El día que la vea la voy a matar publicado por editorial Grijalbo. A principios de los noventa cuida árboles de Navidad en la esquina de la 87 y la Segunda Avenida de Nueva York: le pagan 1,500 dólares. Después trabaja como dependiente de una pastelería en Madrid; no recibe sueldo, pero a cambio de su trabajo le dan techo y alimentos. Vive en Berlín un año y se sorprende que sirvan tibia la cerveza. También se interesa en la biografía de los Hohenzollern. En Bogotá y La Habana hace buenos amigos. En Lima deja plantada a la prensa (un diario anuncia su desaparición y posible secuestro) y en Graz va a beber con el director del Museo de Criminología. Ha publicado varias novelas y se aferra a seguir al frente de Editorial Moho. Ya casi no tiene amigos porque los ha perdido con el pasar de los años. Y parece estar muy contento.

lunes, 2 de mayo de 2016

NO ME GUSTA


En Prosa y circunstancia, un libro de Enrique Lynch que me fue sustraído durante una visita que hice a Saltillo, el escritor y filósofo escribe una lista de los actos y cosas que más le desagradan. Cuando repasaba esta lista me decía a mí mismo: “Algún día haré una lista de lo que más detesto.” Y de inmediato me respondía (también a mí mismo) que a nadie le importaban mis fobias y que a esta edad una lista de tal naturaleza ocuparía varios tomos y sería tan larga que ni siquiera Emanuel Swedenborg o Isidoro de Sevilla habrían podido emularla en extensión y diversidad. También podría parecer un ejercicio vano o un disparate si se olvida que incluso hacer una lista sencilla de lo que nos repugna es consecuencia de una experiencia y ética particular. Y, sin embargo, no voy a darle la espalda a este deseo y escribiré un extracto de esa amplia enciclopedia que almaceno en mi ánimo y en mi mente.
     Me despiertan temor todas las personas que están detrás de una ventanilla; me desagradan las mesas en la banqueta; quienes no te aceptan una copa porque no beben; los que tienen asuntos importantes y urgentes que resolver; los perros de aspecto feroz; me enferma todo aquel que toca un claxon; quien para hablar contigo se te acerca y rebasa los cincuenta centímetros de distancia; no me gustan las personas que aceptan de buena manera los halagos; ni los ebrios que aceptan honradamente ser ebrios; ni quienes citan a un filósofo o a un escritor sin haber leído uno sólo de sus libros; me disgustan los vegetarianos que nunca rompen sus normas y no te aceptan un taquito ofrecido de buena gana; los académicos que se aferran con siete uñas de un escaño universitario; me causan urticaria los bares o restaurantes de moda; las personas que quieren relacionarse con “gente del medio”; los publicistas iletrados; Slavoj Žižek; los automóviles nuevos. Es extraño que logre soportar a la gente que se viste con elegancia; a quien tiene más de tres pares de zapatos; a los políticos que tratan sus negocios en el desayuno; a las mujeres que hablan de futbol en minifalda; a los que tienen “antojo” de mariscos; me molestan los gatos que tienen nombres ingeniosos; las personas que tienen mascotas exóticas; los que inventan una nueva bebida; los “patrones” que uniforman a sus sirvientes; los guaruras; los meseros colmilludos; los padres que hablan con sus bebés en voz alta; los gimnasios; Lacan; las novedades de Apple; los edificios que tienen más de cinco pisos; los microbuses; el golf; los elevadores estrechos; los expertos en finanzas; las perfumerías; los puestos de tacos; quienes bailan durante toda la fiesta; los que buscan un lugar original para divertirse; abomino a quien da consejos de belleza; a quienes presumen de ser “informales”; a los que llaman por teléfono sin dejar mensaje o llaman sin conocerte; me deprime todo lo que está ligado a un banco; me dan grima las modelos del año; los actores famosos; los guías de turistas; la película que ganó el gran premio; los juegos olímpicos de invierno; los narcos célebres; los aplausos; las maletas; Facebook; el espectáculo de medio tiempo; los tacaños; los efectos especiales; las parejas que hablan a un “profesional” de sus problemas íntimos; los que no cenan; los influyentes; detesto a los taxistas que te cuentan historias interesantes; a las jóvenes promesas; a los tímidos que te miran de reojo; los vestidos amarillos; a quienes citan a Borges; sospecho de las personas que usan las palabras “discurso”, “sistema” y “cambio”; de los que te sugieren el mejor vino; de las mujeres que van en grupo al baño; me disgustan los que heredaron la receta de la abuela; los que guardan recuerdos invaluables en el closet; los que lloran a solas; los que lavan su coche. Y así.     
     Como podrán ver esta lista podría continuar y desplazar en extensión a cualquier biblioteca. La he escrito sin meditar y solamente esperando a que las fobias aparecieran por sí mismas. Cada una de estas antipatías es como la punta de un iceberg. El mundo entero cabe en esta lista y el único exiliado, por supuesto, debería ser yo: el loco y el amargado. Pero mi honestidad es tal que cuando me encontraba enumerando cada una de las cosas, personas, actos, animales o hechos que me disgustan experimentaba un ligero dolor en el estómago. Si intentara añadir los nombres de todas las personas públicas detestables que existen tendría que tomarme varias vidas para hacerlo. Al igual que los actos éticos reprobables, los nacionalismos, los criminales, etc… Pero éste ha sido sólo un extracto y un ejercicio de repulsión. Ya escribiré alguna vez una lista de lo que me agrada y será tan breve como un aforismo. ¿Cómo se puede vivir así?          


Columna: TERLENKA. EL UNIVERSAL, 3 de marzo de 2014.

domingo, 1 de mayo de 2016

50 MANERAS…


Vivía en una colonia llamada Rinconada Coapa, y escuchaba una canción de Paul Simon. Y no me avergüenza recordarlo porque mi pasado es oro junto a mi presente. “50 formas de dejar a tu amante”, se llamaba la canción de Simon, aunque la traducción que hicieron en México fue otra, y yo me aprendí la letra y cantaba porque era adolescente. Ya después uno debe callarse para hacerse el maduro. Y la canción decía: “El problema está dentro de tu cabeza”, “Simplemente escápate sin que te vean”, “No necesitas discutir mucho, sólo arroja las llaves y libérate.”, Frases así rezaba la canción. Y cuando crecí pensé escribir un libro que llevara ese título, “50 formas de perder a quien amas.” Pero después me puse serio y comencé a leer libros serios y el camino se torció. Debí escribir aquel libro, porque yo soy bueno en hacer sufrir a quienes me quieren y podría dar esos cincuenta consejos sin pestañear. Ya después esos “que me quieren” se acostumbran a mí como a la lluvia, o se van.
     Intenta ser elegante cuando nunca lo has sido y causarás pena y tu amante se entristecerá hasta desear la horca. Y dile que su rostro te recuerda una canción, cuando en verdad te recuerda a otras cincuenta mujeres y ella lo sabrá, no sé de qué manera lo hace, pero sabe que mientes y entonces la perderás. Y si ella tiene un perro dale de comer croquetas en la palma de tu mano y la mascota pensará lo mismo que ella, que eres un hipócrita porque estás a punto de vomitarte y ambos escucharan el tenebroso sonido que comienza a crecer en el esófago o en esa región extravagante que la gente llama “entrañas.” Debí haber escrito aquel libro porque en esos tiempos no tenía ningún motivo, ¿no es así como, de la nada, aparecen los buenos libros? Sin tener ningún motivo. Ahora poseo experiencia, sí, por desgracia tengo experiencia y soy observador y veo las arrugas nacer a muchos años de distancia. Hoy debería intentarlo de nuevo, volver a las orillas del Canal de Cuemanco y escribir “Cincuenta maneras de perder la muerte”, de escaparme sin que me vean, de arrojar las llaves que guardo en la cabeza y liberarme. “No necesitas discutir mucho”, si quieres perder o dejar a quien amas y ahorrarte cuarenta y nueve escalones entonces comienza a discutir con ella. Y un hoyo se abrirá bajo tus pies; discute e intenta solucionar los problemas con palabras y lo que antes era roca se convertirá en arena, discute, argumenta, abusa del lenguaje y ella se irá aunque permanezca a tu lado y cante las canciones que a ti te apena recordar. Si no quieres extraviarte agacha la cabeza, ponte la cadena en el cuello y pon lodo en tus oídos. No hemos escuchado nada, no sabemos nada, no podemos añadir nada a lo escrito, acaso arriesgar una frase como: “¿Has notado que ya nadie habla del Monte Everest?”, o: “Me parece sumamente extraño que las enfermedades se curen.” Una observación y la mirada al piso. El libro en ese entonces, quiero decir el libro que debí escribir cuando escuchaba la canción de Simon, habría sido una inocente obra maestra que nadie habría leído porque el adolescente que escribe no escribe, sino solo crece como el árbol. Y una obra que no lee nadie más que quien la escribe es pura y existe por sí misma. Si quieres perder a tu amante no tienes más que desearla y ella se irá, y tú subirás al autobús, arrojarás la llave, no discutirás y te liberarás. “Ella me dijo, me duele mucho verte sufrir así, ¿qué puedo hacer para verte sonreír de nuevo?” Y una mañana mientras ella preparaba su té, salí de su casa y no volví, tomé el autobús y arrojé las llaves en una coladera, no junto a un árbol, porque llegan manadas de perros que lo mean todo, los malditos perros. Ahorra, compra unos zapatos resistentes y aléjate, deja a quien amas, camina hasta que tus rodillas se astillen y tu corazón comience a pensar en él mismo. O toma una botella de alcohol en las mañanas y así la dejarás a ella, a ti, y tus amigos vendrán o te esperarán en el autobús, allí estarán, en el asiento catorce, en el veintidós, te dirán: “pendejo, te hemos esperado mucho tiempo, el chofer fue a despedirse de su esposa, pero ahora vendrá y nos pondremos en marcha.” Debí escribir ese libro, cursi y redundante, ¿no es tal la senda del perdedor? Una senda que termina en el presente. Me ha tocado el asiento número nueve. ¿A qué horas nos ponemos en camino?  


Columna: TERLENKA. EL UNIVERSAL, 18 de noviembre de 2013.

sábado, 30 de abril de 2016

TESIS AL VAPOR


Las palabras no representan cosas, son metáforas que nos ayudan a vivir en el mundo. Los perros deberían ser mudos. Método quiere decir “andar en el camino”, pero ese andar puede llevarse a cabo de muchas maneras. No hay nada a lo que pueda llamarse método científico, excepto quizás a la elaboración del mole. Cuando Quine dijo que con la ciencia ya teníamos suficiente filosofía estaba siendo arrogante. La ciencia es una rama de la filosofía y la filosofía es un género literario con ciertas pretensiones. Los hombres que tienen éxito en los negocios son malos amantes. Conocimiento e imaginación son la misma cosa. La reencarnación y el eterno retorno son relatos más interesantes que el paraíso, la nada, el infierno o la resurrección. Cuando las mujeres sonríen la historia detiene su marcha. El arte es un magnífico cuento chino. Las ciencias naturales deprimen a las personas más sensibles e inteligentes. Quienes no han leído libros de filosofía son como viejos desdentados que causan horror. El lenguaje está en el mundo, pero no es el mundo. Sólo los humanos beben cuando no tienen sed. Hay más palabras que vinos. Todas las mujeres casadas son viudas y como tal debe tratárseles. Si te regalan flores cómetelas. La literatura fantástica es como la animación en el cine. El zoológico es la ONU del mundo animal. Debe exigirse un reconocimiento mundial y ofrecer remuneración económica a quienes no tenemos hijos. La vida echa a perder la muerte. Sin seres humanos no hay realidad ni dinosaurios. La televisión es casi tan eficaz como la morfina. La belleza es privilegio de los ciegos.
     El hombre del mañana ya se fue. La inteligencia ha perdido espectadores. La única cualidad extraordinaria de nuestra época es que los niños han dejado de crecer. Por cada buen escritor que muere, diez deberían dejar de publicar, hasta entonces Malthus descansará en paz. Las bailarinas deben abandonar el escenario y hacer felices a los hombres en la intimidad. “La puta que elige traiciona su condición” (E. Junger). El vegetariano radical, dice mi amigo Gustavo Ruiz, no debe comer galletas de animalitos. Brindar con un sacerdote es comprometedor. Los árbitros son santos antipáticos. Un ebrio no debe usar tenis: los zapatos son los que lo atan al mundo. Dostoiewski está sentado en todas las mesas de todas las casas del mundo. Una ramera es una experta en herbolaria. El humanismo es el fundamento y finalidad del pragmatismo. La equivocación es la primera de todas las artes. Si te dicen el “pelavacas” no tengas hijos. Sólo debe uno irse a dormir cuando no se tiene sueño. Freud resulta innecesario si se lee a Schopenhauer. La filosofía analítica ha sido el pasatiempo más hedonista e insulso de la historia.
     Diecisiete aforismos de Cioran valen uno de Nietzsche. Cualquier arte que se base en imágenes es primitivo. “El romanticismo ha revelado ser el más profundo y persistente de todos los cambios que haya experimentado jamás la vida en Occidente.” (I. Berlin). “La imaginación es el principal instrumento del bien.” (John Dewey). El Estadio Azteca debe ser derribado. “La metafísica no es una disciplina, sino una especie de terreno de juego para las actividades de orden intelectual.” (R. Rorty). Por las mañanas todo hombre es un proyecto que fracasará durante el día. “La democracia no es ni una forma de gobierno ni una oportunidad social, sino una metafísica de las relaciones sociales del hombre y de su experiencia en la naturaleza.” (John Dewey). Los votos son lágrimas que se pierden. La verdadera carrera por el espacio está en los departamentos de interés social. Nadie sabe dónde se encontraba exactamente la ciudad de Troya, pero todos sabemos dónde anda Helena.           


Columna: TERLENKA. EL UNIVERSAL, 31 de marzo de 2014.

domingo, 1 de noviembre de 2015

LOS HILOS

Una pregunta ha sido constante en el pensamiento menos conformista de la historia humana. Plantearla es algo bastante sencillo: “¿Quién carajo mueve los hilos?” El “carajo” puede ser evitado, pero le otorga a la pregunta un rasgo de dramatismo e impotencia muy convenientes a su importancia. No aludo a los hilos que el desprestigiado y ordinario poder político utiliza para preservarse; ni tampoco a los encantos femeninos que una vez desatados convierten a un hombre en un ser ridículo, animal y fantasioso. Si pongo en la mesa la pregunta es porque no conozco las razones por las que cierto día solicito al mesero que me sirva una cerveza clara y en la tarde siguiente le demando un vaso de cerveza oscura. ¿Por qué de pronto me levanto de la cama, doy un paseo por la cocina y vuelvo con las manos vacías? ¿Quién o qué mueve los hilos de esos actos o decisiones? Freud tuvo una amplia oportunidad de responder a la pregunta, pero tornó los hilos aún más invisibles. Los religiosos han hecho lo suyo, al igual que los evangelistas de la neurociencia, los materialistas científicos e incluso los futbolistas cuando hacen profundas y sopesadas declaraciones ante una multitud ávida de escucharlos. Y la verdad es que tampoco sabemos por qué debemos creerle a un astrónomo y no a un astrólogo, ni por qué alguien se dedica a la literatura cuando podría administrar los negocios de su familia. El problema sigue vigente y debido a que la pregunta no tiene lugar aunque esté allí, es sabio no abundar demasiado en ella y mucho menos preocuparse por contestarla. Sin embargo, lo que resultaría ingrato y algo descuidado sería ignorar que esos hilos existen y que nadie tiene la menor idea de quien los mueve. La respuesta del tipo: “Los hilos no existen” está descartada pues nadie puede probar tal inexistencia a no ser que, de un momento a otro, ese uno se convierta en piedra o en elote, y entonces no sea ya capaz de preguntarse absolutamente nada. Pasaré por alto que hoy vivimos en el reino de los elotes, pues ello es harina de otro costal. Y hay que concentrarse.
     Un jueves pasado me invitaron a una comida en la Fundación Alumnos 47 con motivo de la puesta en marcha hace unos meses de un blog de crítica en el que participé por medio de una colaboración (www.blogdecritica.com). Quien me conoce sabe que yo en las comidas no pruebo alimentos, acaso bebo licores de varios tonos, escucho lo que otros dicen y disfruto de la compañía de quienes se encuentran en la mesa, si tal compañía es buena o medicinal. La comida transcurrió sosegada y durante la charla se me ocurrió este asunto trascendental de los hilos; no sé exactamente el por qué de la ocurrencia y no haré una pregunta tan burda como: “¿Quién mueve los hilos para que pensemos en los hilos?” Me trataba de convencer de que la crítica de la moral y de las artes en general (los juicios descriptivos y también los que tratan sobre el bien y el mal) se lleva a cabo por medio de palabras o de un lenguaje articulado, no mediante el movimiento de la danza o el sonido de los estornudos. Me imaginé a un crítico improbable explicando las relaciones entre el mercado, la producción, la técnica y el arte por medio de una danza rusa (la kamárinskaya, por ejemplo) y esa sola imagen me intimidó y al mismo tiempo me despertó la risa. Es verdad, casi nadie me hace reír tanto como yo mismo; y basta para ello que me entren deseos de llorar. Nada me da tanta risa como querer llorar. Todos los relatos (literarios, críticos, científicos) que conozco son añadiduras u apostillas a un hecho que no sabemos cuando comenzó. Eso, al menos, me parece evidente. ¿Pero quién mueve los hilos del pensador crítico a la hora de expresarse? ¿El conocimiento proveniente de sus lecturas, estudios, investigaciones, mas su personal afición a la reflexión? ¿O quizás su capacidad de ser intermediario entre un dios intuido (el arte, el sentido, la historia, etc…) y los simples mortales que lo queremos aprehender o comprender? No sé, y además la pregunta es tan absurda y fuera de lugar en este diario que ofende al sentido común.
     En su reciente obra Marienbad eléctrico, Enrique Vila-Matas escribe:  “…haré bien en recordarme a mí mismo que a veces noto que alguien me guía. Esto es así y no puedo ocultarlo ni decir que sea de otra forma. Alguien mueve hilos por ahí.” Y aunque se resiste a ser guiado, el narrador se da cuenta de que a veces los hilos le abren perspectivas nuevas e insospechadas. A muchos nos llega a ocurrir algo así: nos resistimos a ser guiados, pero al final cedemos a los famosos —y para este momento antipáticos— hilos. Cuando uno escribe o hace crítica cree dominar el movimiento de su pensamiento, pero sabemos que un personaje — o varios— incómodo e invisible está detrás de nosotros haciendo de las suyas. Y a veces esta especie de demiurgo lo lleva a uno por buen camino, y otras veces no. Viene a mi memoria el recuerdo de J.G Hamann que en el siglo XVIII buscaba y ansiaba encontrar un lenguaje libre de la gramática, es decir de lo superfluo (la palabra glamour proviene de la misma raíz griega que gramática). Su desesperado anhelo romántico lo convirtió en un ser estrafalario y creativo al mismo tiempo. Pero no hay que detenerse en él por ahora. Lo que deseo dejar claro —o más oscuro— es que ya sea con ayuda de la gramática, o sin ella, es posible crear sentido, gravedad y cuerpo (algo que nos persuada de algo) en un escrito que trate acerca de lo que sea —del cilantro o del arte— y esperar a que el señor de los hilos se ponga de nuestra parte.              


Columna: TERLENKA. EL UNIVERSAL, 19 de octubre de 2015.

    

sábado, 31 de octubre de 2015

MARIONETAS


La semana pasada tenía yo la intención de escribir algo en esta columna parecido a lo que viene a continuación, mas preferí publicar una ficción basada en mis recuerdos de niño. Escribir ficción posee un efecto medicinal en mí, puesto que me cura de la necesidad intelectual de reflexionar acerca de las cosas que me importan, o que creo me importan. A menudo me veo repitiendo que la ficción es la única mentira en la que realmente creo, pero temo que tal aseveración sea sólo una deformación de oficio, como le dicen. No importa: cada día que se sucede en su breve infinitud me albergo en esa bondadosa mentira que solemos llamar literatura de ficción. Lo contrario me resulta cada vez más incómodo: escribir y hacer públicas mis opiniones. Hace varios días, una amiga muy querida me pidió auxiliarla en la escritura del epitafio que se inscribiría en la tumba de su abuela. Me sentí fuera de lugar e incapaz de brindar alguna clase de ayuda porque, pese a que el aforismo es un género donde me siento en casa, no tenía yo ningún derecho a inmiscuirme en la señal escrita y póstuma de una persona que acaba de morir y que no conocí a profundidad. Me incliné por el silencio y dejé sola a mi amiga cumpliendo con esa compleja y definitiva responsabilidad.
     Después, y todavía apenado o frustrado por mi renuncia a ser cómplice de mi amiga en asunto tan personal, me encontré con una cita de Fernando Savater en su Diccionario filosófico y en el apartado destinado a la palabra o al concepto “Estupidez.” Vale la pena transcribirlo: “Un buen test para detectar los estragos en nosotros, intelectuales, de la estupidez, es preguntarnos sinceramente si aún podemos contestar a quien nos inquiera qué hemos hecho frente a los terribles males del mundo con la cuerda modestia de Albert Camus: Para empezar, no agravarlos.” ¿Quiere el intelectual ayudar a remediar los males del mundo?, entonces lo primero que podría hacer es no agravarlos. Luego de cavilar al respecto pensé que tal podría ser un epitafio adecuado para cualquier persona que durante su vida no haya causado demasiado daño a los demás: “No agravó los problemas del mundo.”
     Yo quisiera creer que un intelectual es una persona que no agrava la penuria de quienes lo rodean, sino que la comprende, reflexiona en ella, utiliza su capacidad racional e imaginativa para crear soluciones y alternativas a la realidad concreta de la supervivencia. Pero no es mi finalidad ahora dar alguna definición, y menos exhaustiva, de lo que es un intelectual y menos de lo que significan los conceptos o las ideas. Aun así sospecho que un intelectual tiene la obligación de no ser demasiado estúpido, de expresarse lo más claramente posible y comprender que la inteligencia misma no es más que una capacidad relativa. Los ateos no tenemos noticias de ninguna inteligencia omnipresente o definitiva que nos abarque. La misma idea de inteligencia es metafórica y abstracta, literaria y fantasiosa, lógica e introspectiva, subjetiva y estadística. Uno tendría que esforzarse en hacer las preguntas correctas y en no desperdiciar su erudición respaldando opiniones o ideas que no va a poner en riesgo a la hora de conversar o discutir. Hay que esperar a ser convencido. En otras palabras, creo que esforzarse por construir las preguntas adecuadas tomando en cuenta la complejidad que reviste cualquier asunto mundano no es un ejercicio sencillo. Una vez que, si tenemos suerte y paciencia, hemos llegado a hacernos buenas preguntas, entonces las respuestas caerán del árbol por sí solas.
    Al respecto y porque tiene relación con los párrafos anteriores, cito un libro de John Gray cuyo título es sugerente: El alma de las marionetas. Es un libro algo deshilvanado, pero convincente si uno no ha profundizado, por ejemplo, en el gnosticismo de principios de la era cristiana hasta su nuevo repudio neoplatónico encabezado por Plotino. Sin embargo, se trata, el libro, y me parece loable, de un esfuerzo por ahondar en el concepto de libertad e intentar mostrar que los seres humanos, aun siendo movidos por hilos que ellos no dominan, poseen, en la tierra, en su vida cotidiana y en su ser marionetas la posibilidad de conocer una libertad relativa y no absoluta como a la que aspiraban los gnósticos. En opinión de Gray, tanto los materialistas como los científicos ortodoxos representan una especie de gnosticismo actual, puesto que creen haber revelado las verdades fundamentales del universo. Y escribe: “Los racionalistas, tecnofuturistas y evangelistas de la evolución. Todos ellos fomentan el proyecto de expulsar el misterio de la mente.” Gray insiste en que busquemos la libertad en cuestiones y hábitos comunes y humildes. Hay algo de ascetismo místico en su filosofía cuando pregona que sólo criaturas tan imperfectas e ignorantes como los seres humanos pueden llegar a ser libres, mas sólo si renuncian a explicarlo todo desde una conciencia absoluta y aceptan su condición efímera y limitada: su condición de marionetas que no mueven los hilos. En otras palabras, las mías, sería deseable que los seres humanos no agravaran más los problemas del mundo con su pedantería lógica y tecnocrática, ni con su afán evangélico de difundir ideologías definitivas. ¡Qué alivio el que así fuera!        

Columna: TERLENKA. EL UNIVERSAL, 12 de octubre de 2015.
     

viernes, 30 de octubre de 2015

BENDITA ESCORIA

--> El odio es una hermosa pista de patinaje. Y si careces de la mínima destreza para mantenerte erguido en su superficie entonces aléjate de la pista. De lo contrario te la pasarás de nalgas buena parte de la vida. Administrar el odio es una virtud y una habilidad invaluable. Yo odio casi todo lo que se mueve. Sospecho que, tarde o temprano, el movimiento te causará daño. Sé que la quietud y los objetos inmóviles pueden llegar también a enloquecerte, pero enloquecer puede ser considerado un atributo y un camino a la libertad. Ningún cerebro piensa normalmente: eso es una invención. La normalidad es una patraña que inventan los tiranos de toda clase.
     Estoy escribiendo ahora de manera algo abstracta, cuando en realidad el odio más genuino es el que te despiertan los seres concretos o de carne y hueso. Desde Aristófanes, pasando por los filósofos medievales como Guillermo de Occam, hasta Wittgenstein y los lingüistas modernos, sabemos que una cosa es la belleza y otra muy diferente son los objetos bellos. Yo, amante del odio, detesto la tacañería, pero la palabra tacañería pierde peso y abstracción cuando te enfrentas a un tacaño en persona. Carajo. Me entran unos peligrosos deseos de estrangularlo. Los tacaños de carne y hueso, de pelo y zapato, emergen del vientre de una rata muerta (allí duermen), son como el estornudo de un moribundo, y cuentan sus monedas como los últimos pelos del cráneo. Me son hostiles, mas como afirmé en un principio sé patinar con tranquilidad en pistas riesgosas. Los dejo pasar y continuar con su misión de hacernos la vida más amarga. No amo a mis semejantes porque no son mis semejantes, quiero decir.
     Es un lugar común —y por ello casi inobjetable—, decir que uno bebe con el fin de soportar a los antipáticos y volverlos más agradables. No hay nada tan serio y cierto. Sin embargo, yo no necesito beber para aminorar el odio. Sonreír no es aceptar. Llevo a grados de enfermedad la cortesía y la capacidad de desatenderme. Y, pese a mis precauciones, los tacaños, los políticos retóricos, los emprendedores idiotas, los puritanos y vigilantes de la moral ajena, me despiertan no ganas de beber, sino de lanzar un par de puñetazos a sus concretas barbillas. Si estos personajes, que han nacido odiosos, me despertaran deseos de echarme un trago correría primero a estrecharles la mano: “Benditos sean, jodidos miserables, escoria, por sembrar en mí los deseos de embriagarme.” E.M. Cioran consideraba normal odiar a la mayoría de sus contemporáneos. No quisiera dudar aquí del odio que consumía al escritor rumano a quien, por fortuna, no conocí en persona. Y no obstante que admiro sus libros dudo mucho que haya odiado con tanta energía como yo lo hago (exagero, seguramente). Cioran era tan buen escritor que no podía odiar con profundidad. La buena literatura limpia el excusado a donde van a acabar las pasiones. Y eso no tiene vuelta.