miércoles, 10 de septiembre de 2014

BIOGRAFÍA


Guillermo Fadanelli nació en la ciudad de México en el Hospital del Sagrado Corazón ubicado en Calzada de Tlalpan. Un hospital que ha dejado de existir: ahora es un hotel. A los nueve años libra su primera pelea con los puños y un niño al que apodaban el Caperuza le parte la madre. A los once años, su padre lo mete a una escuela militar donde en lugar de corregirse se hace más cínico. A los trece gana su primera pelea después de un amplio historial de derrotas. A los dieciocoho tiene su primer auto: un Rambler 67. Su primer viaje es a San Francisco a los veintiuno. Allí conoce a su tío Johnny, ex-combatiente de Vietnam, quien lo inicia en el arte de beber toneladas de cerveza. A principios de los años ochenta entra a estudiar Ingeniería y nunca obtiene el título porque evita entrar a clases. Aquí es cuando la literatura comienza a ser interesante para él. En Ingenieria conoce a Yolanda Martínez y al lado de un grupo de amigos funda la revista Moho. Su primer libro se titula El día que la vea la voy a matar publicado por editorial Grijalbo. A principios de los noventa cuida árboles de Navidad en la esquina de la 87 y la Segunda Avenida de Nueva York: le pagan 1,500 dólares. Después trabaja como dependiente de una pastelería en Madrid; no recibe sueldo, pero a cambio de su trabajo le dan techo y alimentos. Vive en Berlín un año y se sorprende que sirvan tibia la cerveza. También se interesa en la biografía de los Hohenzollern. En Bogota y La Habana hace buenos amigos. En Lima deja plantada a la prensa (un diario anuncia su desaparición y posible secuestro) y en Graz va a beber con el director del Museo de Criminología. Ha publicado varias novelas y se aferra a seguir al frente de Editorial Moho. Ya casi no tiene amigos porque los ha perdido con el pasar de los años. Y parece estar muy contento.

martes, 9 de septiembre de 2014

jueves, 5 de junio de 2014

EL IDEALISTA Y EL PERRO


Guillermo Fadanelli presenta su libro de ensayos El idealista y el perro.
Editorial Almadía.

“El romanticismo es una enfermedad humana tal como podría serlo la tuberculosis”

Feria del Libro de Tijuana.
Vestíbulo de IMAX, 1:00PM
Sábado 7 de junio de 2014.

sábado, 3 de mayo de 2014


Programa de radio sobre
MIS MUJERES MUERTAS
(novela de Guillermo Fadanelli)

Lunes 5 de mayo de 2014
23 hrs.
96.1 FM /Radio Etiopía

tunein.com
radiounam.unam.mx

viernes, 6 de diciembre de 2013

TOLSTOI ME VISITA


Ayer por la tarde, después de resucitar una vez más, me visitó Lev Tolstoi, el escritor ruso. Me di cuenta de que su español ha mejorado y no dudo de que, en buena parte, el avance se deba a nuestras conversaciones. “Ya estás viejo para aprender idiomas, Lev”. Le he dicho quizás movido por la envidia. Él me responde: “Tengo ochenta años, soy fuerte y mis convicciones son firmes.” No he querido informarle que en dos años más va a morir, pues temo que nuestras charlas se apaguen; cualquiera que se entera de una muerte segura se convierte en otra persona, y yo con quien deseo hablar es con Lev, o León, como le decimos en castellano de cariño. También evito mencionar la tragedia del comunismo soviético, pues ¿quién soy yo para enseñarle historia a Tolstoi? Hemos dejado atrás el tema de la pena de muerte porque allí nuestras convicciones son distintas y él se muestra mucho más bondadoso que yo. A León le resulta inimaginable que se pueda matar a otra persona aludiendo a alguna razón. Se arranca las barbas cuando recuerda los asesinatos cometidos por el Zar y su corte, y no da un paso atrás en sus creencias y principios morales. Es un aferrado, como decimos en México. Yo, en mis momentos de mayor desesperación e iracundia, concluyo que estaríamos mejor sin media humanidad y que existen personas que merecerían morir. “Eres un loco —me dice León—, como Rousseau, tú y él no dudarían en matar a la mitad de la humanidad con tal de salvar a la otra mitad. Admiré mucho a ese hombre, pero titubeaba y era débil. Yo no comprendo la justicia si para imponerla debemos matar a un ser humano. Es cuestión de principios más que de remedios.” Mis objeciones son magras y mis palabras tímidas porque tengo la impresión de encontrarme ante un santo. “Yo mataría, León, por defenderme. Y si no lo puedo hacer con mis propias manos entonces me resignaría. Tu alma anarquista me comprenderá, estos asuntos no pueden dejarse en manos del Estado. Hay un libro de Albert Camus y de Arthur Koestler sobre la pena de muerte, pero tú no lo pudiste leer porque a tus ochenta años, Camus no había nacido y Koestler tenía cinco años.”
    “No he leído a esos niños, pero sé que en tu país suceden masacres a menudo, como en mis tiempos, supe que ayer desaparecieron doce personas de una taberna —León llama taberna a un antro— en pleno centro de la ciudad de México. El tiempo no ha transcurrido. Ni siquiera en mi finca de Yásnaia Poliana logré vivir a salvo de la barbarie.” Cómo decirle a Lev que tiene razón y que el día de su muerte (20 de noviembre de 1910, para los gregorianos) no significó un progreso en estas tierras lejanas donde los zares mexicanos de toda clase y oficio continúan gobernando y haciendo justicia a su antojo. Pero él, que lo sabe casi todo, por eso tiene barba y años, me dice, un tanto apenado por auto citarse: “Escribí un alegato, que puede leerse como cuento en donde mi indignación rebasó todos los límites. Se llama No puedo callarme, ¿lo has leído? Allí describo los crímenes solapados por la Duma, el Senado, la Iglesia y el Zar. Ellos viviendo cómodamente, rodeados de lujos, sin mancharse las manos, permitiendo e incluso azuzando a las masas de campesinos empobrecidos para que se maten entre ellos. Es monstruoso, no encuentro otra palabra. Apenas el 9 de mayo leí en el periódico sobre el asesinato de doce campesinos a manos de otros que supuestamente representan la justicia, pero que provienen de la misma Rusia analfabeta y empobrecida.”
     La rabia de León crecía y sus manos temblorosas apenas si podían sostener el vaso de leche que le había yo ofrecido. El relato al que se refería se encuentra en la colección Los Clásicos, editada por Grolier, y que leí de joven cuando mi padre compraba enciclopedias para decorar nuestra nueva casa. En No puedo callarme se lee: “Doce hombres pertenecientes a esa masa cuyo trabajo nos hace vivir, esa masa que hemos depravado y continuamos todavía depravando por todos los medios a nuestro alcance. Todo esto ha sido cuidadosamente dispuesto y planeado por unos hombres cultos e inteligentes, pertenecientes a las clases superiores. ¡No es posible continuar viviendo así! A mí cuando menos no me es posible vivir así.”
   “Exageras en tu comparación, León —le dije, cuando después de un trago de leche recobró los estribos—, las comparaciones son exageradas. Aquí las clases altas y gobernantes no son cultas y no han planeado nada. Sólo se salvan a sí mismas. Se aprovechan de la barbarie y lucran con ella. Las almas muertas son redituables, si me permites citar a un compatriota tuyo.” No les relato más de lo acontecido aquella tarde, sólo diré que cuando Tolstoi se despidió de mí por medio de un abrazo monstruoso, me dijo: “Perdona mis digresiones, soy un viejo, la próxima vez hablaremos de literatura.”  
        

Columna: TERLENKA. EL UNIVERSAL, 3 de junio de 2013.

jueves, 10 de enero de 2013

SARTRE ENTRE NOSOTROS


(Apuntes sobre El siglo de Sartre
de Bernard-Henri Lévy).
 


Mientras espera la muerte, las manos esposadas, Lucie se dirige a los restantes prisioneros para hacerlos callar: "¿Necesitan todas esas palabras para darse coraje? He visto morir a los animales y desearía morir como ellos: ¡En silencio!" Lucie tiene la necesidad de reconciliarse consigo misma antes de ser vejada, aniquilada por la mano de sus verdugos. ¿Qué tranquilidad son capaces de ofrecernos las palabras cuando éstas encarnan precisamente lo contrario, la ansiedad, la necesidad de ocultar el no ser? Pero no es Lucie, en realidad, quien suplica silencio, sino el escritor que se vale de ella para abjurar de su oficio. Es Jean-Paul Sartre que, fiel a su costumbre, utiliza sus obras —en este caso Muertos sin sepultura—  para hacernos sentir su presencia. El Sartre que no puede controlar sus opiniones ni tampoco su desbocada escritura. Nadie tan adecuado como este escritor, agobiado por su extremo amor a las palabras, para invocar el silencio, para erosionar la conciencia hasta hacerla desaparecer. A final de cuentas sólo aquel que ha construido su mundo de palabras tiene derecho a desear su anulación. Sartre creía en el poder de la literatura como casi ningún otro filósofo. No creo que se preocupara tanto por la verdad de sus razonamientos: "No suelo pensar para escribir... La inspiración no es una idea que nace repentinamente en la conciencia y se desarrolla. Está en la punta de la pluma." Que la vida se uniera al pensamiento en el seno mismo de la literatura. Que la escritura nos permitiera descubrir la humanidad en las ideas. Es ése el objetivo de un escritor para el que la literatura no es un oficio común sino uno trascendente, una actividad cuyo poder habrá de permitirnos alterar el orden del mundo. ¿Puede acaso la literatura comprometerse con una ideología? Encuentro fatal cuya inevitable consecuencia es el envejecimiento de las ideas, el cansancio de las palabras excedidas de sentido, puestas contra la pared por un sujeto histórico que se resiste a desaparecer, es decir, a callar. No es extraño que la generación posterior a Sartre lo metiera a un catafalco y lo inhumara junto con su escándalo humanista, sus contradicciones, su pasión política, su exasperante idealización de la libertad, su insistencia en el poder negador de la conciencia. No es extraño, por ejemplo, que hastiado del humanismo que Sartre representaba, Foucault confine al hombre a un papel secundario en la historia del saber. Finalmente la corriente moralista francesa tan preocupada por el Hombre hace crisis en Sartre. Después viene el arrepentimiento, la necesidad de olvidar el rostro de una filosofía comprometida.
    El tiempo ha debido pasar para que volvamos a leer a Sartre con tranquilidad. Tenemos la ventaja de que no está allí haciendo declaraciones comprometedoras en los periódicos, desdiciéndose, arrepentido de haber escrito tanto. No puede responder y eso más que una ventaja es un alivio. "Mi impostura también es mi carácter, te libras de la neurosis, pero no te curas de ti mismo", escribió en Las palabras. Ahora que finalmente se ha curado de sí mismo, ahora que nosotros también nos hemos curado de su influyente presencia, aparece un libro que vuelve a colocarlo en la cabecera de la mesa. Lo primero que uno piensa es que se debe a la desmesurada manía que nuestros contemporáneos muestran por desenterrar a los muertos. ¿Qué sucede con Bergson? ¿Qué esperamos para quitarle el polvo y comenzar a lucrar con su resurrección? No, mejor que sea Vladimir Yankelevitch a quien podemos considerar públicamente un pensador poco apreciado. Esta impresión se desvanece cuando es otro filósofo, Bernard-Henri Lévy, el que comienza la exhumación. La experiencia nos dice que ningún pensador actúa sin antes haberle dado mil vueltas al asunto. ¿Pero por qué un libro de seiscientas páginas? ¿Por qué la abusiva cita de tantos escritores y filósofos? Un francés le dedica un voluminoso libro a otro francés que se creía enteramente olvidado. Además se trata de un título algo rimbombante: El siglo de Sartre. De entrada es sospechoso de narcisismo nacionalista. El mismo autor se pregunta: "¿A qué se debe que sea Sartre y no otro el que recoja la antorcha de Gide y a partir de entonces domine la época?" Sin embargo, la justificada sospecha que después de estas consideraciones precede a la lectura, se desvanece en cuanto uno se sumerge en el espíritu de la argumentación. No se suceden muchas páginas antes de que encontremos la pasión común entre ambos pensadores: las palabras. Bernard Henri Lévy cree tanto como Sartre en el poder corruptor de las palabras. A quienes no somos franceses nos parece singular la propensión que tienen éstos a dotar el pensamiento de efectos literarios, a considerar no sólo que nuestros conceptos están construidos de palabras, sino que estas palabras embellecen las ideas para volverlas seductoras. Como si convencer fuera ante todo seducir, pero sobre todo seducir con palabras. La figura de Sartre aparece entonces rodeada, sitiada por el estilo de un  filósofo que no cesa de hacerse corpóreo a través de lo literario. No se trata de un taxonomista abúlico sino de un actor que así como desenfunda la espada teatralmente rompe en llanto o grita panegíricos a los cuatro vientos. Esta versatilidad nos propone en consecuencia a un Sartre como el fascinante personaje de una novela cuya trama es la historia de un siglo. ¿No es ésta la manera más sensata de abordar a un pensador que vivió como el más contradictorio personaje de sus propias obras? A un hombre que escribió tan generosamente es imposible reducirlo a la unidad. No existe un solo Sartre y es ésta una de las lecciones del libro. Ha sido tan sencillo aunque tan injusto reducir a este hombre a la prisión de una sola imagen. Que él mismo haya contribuido con tanto entusiasmo a insistir en sus opiniones sobre todos los temas provocó que, dependiendo la casa, se le considerara una plaga o un santo. En el libro de Lévy nos encontramos un mito construido a partir de argumentos, testimonios, rumores, habladurías e injurias inclusive. Un mito que se produce uniendo azarosamente a todos los Sartres que tenemos en la mente. Este ejercicio te lleva finalmente a una confrontación. Tarde o temprano estarás en desacuerdo, tarde o temprano coincidirás con sus ideas por más encono filosófico o histórico que hayas alimentado acerca de su figura.
    La primera impresión que me dio La náusea —probablemente el libro más famoso de Sartre— fue la de que no estaba yo precisamente frente a una novela. ¿Cómo describir el sentimiento que aborda a un joven cuando cree que se le están diciendo cosas importantes, cuestiones vitales, asuntos que serán de gran importancia en su vida futura? El filósofo murmura las sentencias áridas que el escritor recoge para hacerlas vivir en el lenguaje. Sartre le escribe a Simone de Beauvoir: "No procuro proteger mi vida a posteriori con una filosofía, lo cual sería indecente, ni acomodar mi vida a mi filosofía, lo cual sería pedante, sino que de verdad vida y filosofía sean lo mismo." Esa es una de las razones por las que a Sartre le preocuparon poca cosa los problemas lingüísticos. Debió de parecerle una majadería técnica incomparable el que hombres tan brillantes dedicaran su tiempo a la bisutería mecánica del lenguaje. Las palabras se conocen cuando se habita entre ellas, no diseccionándolas, ordenándolas, metiéndolas en frascos.
    Nadie puede negar lo incómoda que puede tornarse la relación entre filosoía y literatura. En el colmo de la paranoia algunos pensadores —pienso en Iris Murdoch—le han negado a Nietzsche el estatuto de filósofo. Es mejor no detenerse en este tema a riesgo de quedarse allí para siempre. Sólo una frase de Lévy al respecto: "...no parece exagerado afirmar que Sartre, en principio, es el menos dispuesto de los filósofos contemporáneos a permitir que la lengua —y por consiguiente la literatura— no sólo gobierne sino también corrompa la labor del pensamiento." Algo más: Simone de Beauvoir le escribe a su compañero para decirle: "Cuando lo conocí usted me dijo que deseaba ser Spinoza y Stendhal a la vez." Esta ambición le vale recriminaciones de ambos bandos. Los escritores encuentran sus obras literarias demasiado preocupadas por asuntos de índole filosófica. Los filósofos académicos se resisten a que un escritor famoso se entrometa en sus campos. Ellos prefieren a Merleau-Ponty y no están dispuestos a que la haraganería literaria tergiverse o corrompa su oficio. Estas críticas no lo detienen. ¿Cómo van a detenerlo cuando su deseo es sacar precisamente la filosofía de los cubículos universitarios? La calle es el lugar apropiado para fecundar al pensamiento. No las aulas sino los callejones. Ésta es una de las causas por las que sus relaciones con los filósofos son ríspidas. Heidegger mismo procura tomar distancia de la doctrina que Sartre insiste en llamar existencialismo. Además de considerarlo un filósofo menor, el alemán prefiere, en todo caso, denominarse esencialista (recordemos la célebre sentencia de Heidegger en la que afirmaba que los franceses sólo piensan cuando lo hacen en alemán). En realidad la preocupación fundamental de Sartre no es el ser sino lo que se encuentra a sus alrededores: los objetos cuya existencia es anterior a nuestra conciencia, objetos, cosas que existen sin necesidad de que una conciencia les proporcione realidad. Si bien, siguiendo a Husserl, Sartre está de acuerdo en que la conciencia es siempre conciencia de algo, cree contra  Husserl que no existe nada parecido a un ego trascendental capaz de constituirse como ser universal que percibe. Escribe Sartre en El ser y la nada: "El ser fenoménico manifiesta él mismo tanto su esencia como su existencia." Y Bernard-Henri Lévy dice al respecto de las cosas: "Su existencia no es sólo independiente, sino también anterior a la conciencia, que toma nota de ello." Es ésa precisamente la sensación que se tiene después de haber leído La náusea: las cosas existen a la par de los hombres. No ha sido una voluntad divina o una supraconciencia humana la que ha condicionado su existencia. Están allí, han sido lanzadas al mundo como los hombres. El ateísmo de Sartre es definitivo. Escribe Lévy: "Me gusta ese ateísmo de Sartre. Me gusta esa gloria que es una de las caras de su ateísmo. Me gusta que ese papa del existencialismo rompa de una forma tan tajante con los principios de la sacristía." Y si Dios no existe entonces todo está permitido. Sartre lo sabe por lo que no duda en proclamar la libertad absoluta de nuestra conciencia. No necesitamos a Dios para decidir acerca de nuestros propios actos. De hecho la conciencia, el para sí, como decide llamarla Sartre, es la negación del ser que es en sí. El hombre crea sus propios valores sin el auxilio de un ser que se encuentre más allá de su conciencia. De allí el célebre renglón en La náusea: "Todo lo que existe nace sin razón, se prolonga por debilidad y muere por casualidad." De allí también que Henri Lévy, quien afortunadamente nos ahorra las minucias explicativas de su compatriota, afirme: "¿Las cosas, sin la conciencia, poseen una materialidad masiva, muda, informe? Es cierto. Pero de todas maneras poseen una materialidad, mientras que la conciencia, sin las cosas es un lugar vacío, una nada. Necesita las cosas para existir mientras que las cosas sólo se necesitan a sí mismas."
    Proponerse, aún sin hacerlo explícito, como el guía de una generación es riesgoso. Tarde o temprano comienzan a reprochar tus acciones, tus declaraciones, tus contradicciones  —naturales en un pensamiento cuya característica esencial es la movilidad. A muchos lectores de Sartre les pareció extravagante que en una importante conferencia éste declarara que a final de cuentas el existencialismo era un humanismo. ¿Por qué después de haber expulsado al hombre del seno de Dios para hacerlo ocupar un modesto sitio entre las cosas, se pasaba tan descaradamente a los dominios de un humanismo ya rebasado? ¿A qué clase de entidad abstracta aludía un filósofo que había descrito tan bien en sus obras la absoluta orfandad del hombre? Los reproches son comprensibles, aunque no sé si del todo justificables. Si los religiosos más consecuentes son los ateos no veo por qué razón un pensador que ha dedicado tantas páginas a la libertad de la conciencia no va a ser un humanista. Además de todo se trata de un francés. ¿Qué, no son los franceses, por antonomasia, los guardianes históricos de esa aburrida entidad que denominamos hombre? Además Sartre puede equivocarse, no sólo porque tiene de su parte a la literatura, sino porque parece importarle poco la opinión de su sociedad. Qué escritor tan odiado por sus contemporáneos. Nos hace saber Lévy: "Lo acusaron de ensuciar Francia y corromper a su juventud. Salía de los restaurantes cuando entraba él. Lo llamaron víbora lúbrica, hiena dactilográfica, chacal con bolígrafo, rata viscosa y cáncer rojo de la nación." Qué risa debieron causarle a Sartre estos insultos que nos hacen sonrojar si pensamos en la carga de admiración que suponen. Qué placer parecen causarle también a Bernard-Henry que transcribe con minuciosidad las injurias que tanto Malaparte como Céline lanzaron sobre la humanidad del existencialista. Después de todo no se escribe un libro de seiscientas páginas sobre un hombre que no se admire profundamente. Y no se admira a una persona si no se desea su desaparición. Casi al finalizar el libro, el biógrafo filósofo escribe: "Vivimos la verdad como una aventura, no como una ecuación." ¿No encarna esta afirmación el perdón a un Sartre aventurero, generoso, cínico? Dos ejemplos de su cinismo: Cuando se imprime su libro La crítica de la razón dialéctica, dedicada a Simone de Beauvoir, le pide a Gallimard que en secreto imprima algunos ejemplares más dedicados a otra mujer. Segundo ejemplo: Al volver de su primer viaje a la Unión Soviética no tiene más que elogios para el régimen comunista. Veinte años después confiesa que sus declaraciones carecían de verdad: "Cuando alguien te invita no vas a ponerlo morado en cuanto vuelves a tu casa." En lo relativo a las mujeres su cinismo se vuelve gracia. Siempre prefirió estar acompañado de mujeres, hecho que desde mi punto de vista lo absuelve de otros pecados. Escribe Lévy casi al comienzo de su libro: "Porque Sartre tiene otras mujeres. Como es notorio, toda su vida prefirió la compañía de las mujeres. Siempre dijo que se aburría soberanamente con los hombres, que esa mitad de la humanidad apenas existía para él y que prefería hablar con una mujer de cualquier nimiedad que de filosofía con Aron." Aunque acostumbraba describirle a Simone de Beauvoir los encuentros amorosos que tenía con cada una de sus amantes no creo, como asegura Henry Lévy, que ése fuera su único objetivo. La compañía femenina siempre es restauradora. Más tratándose de un hombre que se encontraba en el centro de una batalla intelectual y moral contra su sociedad. Más para un pensador que debía encarnar en sí la libertad total de la conciencia.
    En cuanto a su relación con el comunismo, las sonrisas se endurecen y las anécdotas pierden brillo. Nos aproximamos a uno de los temas a los que nadie desea llegar o, por el contrario, del que casi nadie desea salir. Comencemos por su Crítica de la razón dialéctica. A grandes rasgos podríamos decir que es un intento de reconciliación entre el marxismo y el existencialismo. La objeción más común a este matrimonio es la siguiente: ¿Cómo es posible que un grupo de hombres libres se sometan a la voluntad de la Historia? ¿Qué sentido tiene haberse exiliado del en sí para caer en la manos de un nuevo Dios? ¿Cómo se puede justificar el asesinato o el cautiverio de una buena parte de la sociedad en nombre de su propio bien? En lo personal me parece digamos sórdido que el escritor de Muertos sin sepultura —uno de cuyos párrafos cité al principio de este escrito— pudiera expresarse posteriormente de la manera siguiente: "Un régimen revolucionario debe librarse de cierto número de individuos que lo amenazan y no veo otro medio que no sea la muerte. De una cárcel siempre se puede salir. Los revolucionarios de 1793 probablemente no mataron bastante." Sartre está de acuerdo en que la historia está insuflada de movimiento, pero que es la acción humana a través de una conducta dialéctica la que imprime sentido a este movimiento. No se trata de la dialéctica hegeliana en donde el encuentro entre contrarios produce un efecto emancipador, sino de un encuentro entre contrarios que más que tener como consecuencia una síntesis se ensimisma en un movimiento desordenado. En consecuencia la dialéctica no deviene progreso ni posee una dirección determinada. Lévy nos propone una interpretación literaria de la dialéctica sartreana: "Es una dialéctica sin desenlace, sin resolución. Es una dialéctica sin avenencia ni síntesis, irremediable. Es un motor que, literalmente, gira y acaba con la linealidad, y por tanto el providencialismo, de todas las demás dialécticas." Conciliar la idea de un hombre libre con la de un hombre alienado, cosificado, que debe liberarse es imposible si no es a través de un discurso que en suma no hará sino acentuar la contradicción. Y es que los filósofos no suelen dar marcha atrás una vez que se han atrevido a comunicar sus ideas. Asumen como un deber el seguir sosteniendo sus primeras hipótesis aun a riesgo de contruir sobre un terreno endeble. Prefieren justificarse que retractarse. Sería tan decepcionante para ellos comenzar de nuevo. Allí está Sartre llevando en las espaldas su existencialismo juvenil mientras recorre los terrenos del determinismo histórico. Pero no siempre es así: en uno de sus arrebatos líricos afirmó que El ser y la nada era  un libro sin valor. Tampoco continuó desarrollando su Crítica de la razón dialéctica donde habría de probar que la historia posee una verdad o una inteligibilidad. Las ideas como las palabras en que aquellas encarnan se debaten en la ambigüedad. A veces nos liberan, pero en ocasiones se convierten en la más inhóspita de las cárceles. Y también está la vida. Jamás es el mismo hombre el que piensa que el que vive. Cito un curioso párrafo de Lévy a propósito de Althusser: "¿Quién habría pensado que un sabio, un bloque vivo de teoría, un antisujeto como él al que creíamos capaz de fulminar a cualquiera que en su presencia se dejara llevar por emociones vulgares? ¿Quién habría imaginado que cuando se preguntaba en qué condiciones filosóficas y políticas entraría el marxismo-leninismo en el camino seguro de una ciencia, este hombre que supuestamente despreciaba el psicologismo y, según creíamos, el amor y sus devociones, podía escribirle a una mujer: Mi bello amor de ámbar oscuro, mi bello amor de oscura arena." ¿Es que acaso —me pregunto yo— a excepción de los santos existe alguien capaz de encontrar coherencia entre sus actos y sus palabras? Se acusa a Sartre de haber abandonado sus principios para sumarse al comunismo. Se acusa a Heidegger de haberse sumado al sueño hitleriano. Bernard-Henri Lévy dedica un extenso espacio de su libro a probar que el sueño de una hegemonía racista no fue precisamente el producto de una situación circunstancial, sino que representó la naturaleza misma del pensamiento de Heidegger. Incluso exhuma con pala incansable párrafos de sus libros, de sus conferencias, interpreta con prejuicio —¿existe otra manera?— , erige un tribunal, condena, se pregunta: "¿Es el filósofo, o el nazi quien define al pueblo alemán como el pueblo metafísico por excelencia?" Arriesgaría a decir que Lévy acusa tan duramente a Heidegger para exculpar a Sartre. Las acusaciones a ambos filósofos no me parecen sensatas. En primer lugar porque creo que un filósofo debe escribir o pensar con absoluta libertad. En hombres como Céline o Sartre o Heidegger esa caótica corriente llamada pensamiento encuentra un modo de manifestarse. Un hombre jamás es íntegro. Si lo es o dice serlo está mintiendo.
    Termino esta breve consideración acerca de El siglo de Sartre añadiendo que se trata de una obra honrada. Coloca a Sartre en medio de nosotros. Nos devuelve un poco de esa humanidad extraviada en el tecnicismo filosófico y en la comprensible renuncia del sujeto. Todos los filósofos o escritores que se relacionaron con Sartre o lo influyeron se dan cita en las páginas del libro. De Bergson a Foucault, de Gide a Camus. Incluso nos encontramos con analogías extravagantes, como esa forzadísima que supone influencias de Joyce en el filósofo francés. Extrañamos algunas necesarias alusiones a Shopenhauer y a Habermas, pero como dice el mismo Lévy acerca de Sartre, no podemos reprocharle lo que no escribió. Por momentos se tiene la sensación de estar leyendo la novela acerca de un hombre que no supo diferenciar entre pensamiento y vida escrita por otro hombre que no distingue el pensamiento de la pasión. Es literatura a propósito de la filosofía. Es el comentario desplegado con la maestría de un heterodoxo. En ocasiones su estilo se corrompe con el delirio de su propia voz. Es una escritura que se desea arte antes que precisión. El siglo de Sartre acusa también una nostalgia por los grandes filósofos, por aquellos que decidieron echarse en la espalda la responsabilidad de pensarlo todo. Hoy, en este mundo saturado de profesores especializados que no se aventuran a dar un paso por sí mismos, bienvenido nuevamente, Sartre.