lunes, 25 de mayo de 2015

BIOGRAFÍA


Guillermo Fadanelli nació en la ciudad de México en el Hospital del Sagrado Corazón ubicado en Calzada de Tlalpan. Un hospital que ha dejado de existir: ahora es un hotel. A los nueve años libra su primera pelea con los puños y un niño al que apodaban el Caperuza le parte la madre. A los once años, su padre lo mete a una escuela militar donde en lugar de corregirse se hace más cínico. A los trece gana su primera pelea después de un amplio historial de derrotas. A los dieciocho tiene su primer auto: un Rambler 67. Su primer viaje es a San Francisco a los veintiuno. Allí conoce a su tío Johnny, ex-combatiente de Vietnam, quien lo inicia en el arte de beber toneladas de cerveza. A principios de los años ochenta entra a estudiar Ingeniería y nunca obtiene el título porque evita entrar a clases. Aquí es cuando la literatura comienza a ser interesante para él. En Ingeniería conoce a Yolanda Martínez y al lado de un grupo de amigos funda la revista Moho. Su primer libro se titula El día que la vea la voy a matar publicado por editorial Grijalbo. A principios de los noventa cuida árboles de Navidad en la esquina de la 87 y la Segunda Avenida de Nueva York: le pagan 1,500 dólares. Después trabaja como dependiente de una pastelería en Madrid; no recibe sueldo, pero a cambio de su trabajo le dan techo y alimentos. Vive en Berlín un año y se sorprende que sirvan tibia la cerveza. También se interesa en la biografía de los Hohenzollern. En Bogotá y La Habana hace buenos amigos. En Lima deja plantada a la prensa (un diario anuncia su desaparición y posible secuestro) y en Graz va a beber con el director del Museo de Criminología. Ha publicado varias novelas y se aferra a seguir al frente de Editorial Moho. Ya casi no tiene amigos porque los ha perdido con el pasar de los años. Y parece estar muy contento.

EL COPILOTO LUBITZ


En el aeropuerto, de pie en las salas de espera, casi nunca sentado, aguardo la llegada de la tripulación con el único propósito de escrutar la cara y el semblante de los pilotos. A veces no es posible porque ellos se encuentran ya dentro de la cabina y no hay manera de echarles una ojeada. Cuando era yo más joven, las aeromozas concentraban toda mi atención durante los vuelos y no tenía ojos más que para ellas. Soñaba con que una turbulencia lanzara a las azafatas a mis brazos. Sin embargo, los pilotos me son también interesantes como objeto de auscultación pues de ellos depende mi vida y de alguna manera toman en mi imaginación el papel de héroes: hombres diestros y preparados que llevarán la nave cargada de desconocidos a tierra firme. Conducir la nave a diez mil metros de altura entre las nubes, climas hostiles, vientos irascibles y luego descender suavemente hasta tocar tierra y detenerse, es una acción que me produce todavía una admiración infantil. No veo a los pilotos como a simples empleados de una compañía aérea, sino como valientes y experimentados capitanes Ahab surcando los siete cielos.
     Un piloto de alcohólica apariencia me da, por lo regular, confianza; se requiere un par de tragos para darse valor y echar a volar esas toneladas de metal. Los pilotos viejos merecen el mayor de mis respetos, y si parecen amargados y gruñones, entonces tengo la certeza de que el avión es guiado por muy buenas manos. En cambio, albergo serias dudas de los jóvenes, rasurados, perfumados, blancos como un espárrago, tatuados por una sonrisa inmóvil y que a la menor oportunidad se dirigen a los pasajeros, ya sea con el fin de señalarles que a la izquierda del avión se encuentra el volcán Popocatépetl, o para narrarles los pormenores del vuelo. Su afán de monologar por el micrófono teniendo a los pasajeros de rehenes me despierta un profundo terror. Como es evidente, todas estas son fobias y manías personales y que, probablemente, nadie compartirá conmigo.
    La nariz roja de Boris Yeltsin, por ejemplo, me inspiraba confianza. (¿Qué ebrio inteligente va a permitir que la izquierda tiránica se obstine en gobernar nuestros actos?) Los políticos se asemejan a los pilotos vía la analogía —bastante demacrada— de llevar la nave por buen rumbo. ¿Por qué tiene que ser joven un gobernante? Existe la creencia en exceso trivial de que los jóvenes traen consigo nuevas ideas y de que ellos mismos encarnan el futuro, y por lo tanto se les permite tomar las riendas. Nada es tan absurdo como eso. La juventud no es señal de sabiduría, buen tino ni renovación ideológica. Hay viejos que ostentan posturas novedosas a la hora de enfrentar los dilemas públicos. Yo doy mi voto porque los gobernantes sean en su mayoría casi ancianos; aunque sabios y prudentes, claro. Y si dan órdenes desde unas silla de ruedas no me importa. Doy ahora una definición de sabiduría, tomada de R. Rorty: “Reservamos el término sabio para aquellos que logran combinar una gran originalidad con una gran tolerancia.” Es obvio que a la originalidad y tolerancia habría que agregarle “conocimiento del mundo, de la naturaleza humana y de la actividad que se desempeña.” Nada dice esta definición de la juventud, la fortaleza física o la salud. El sabio sabrá si posee la salud suficiente para realizar un determinado acto o continuar en el cargo.
    Hace varios días un avión se estrelló en los Alpes (algún personaje decía en una novela de Paul Theroux que si los Alpes hubieran sido diseñados por los suizos, serían planos). La mayoría de las versiones dicen que el copiloto de la línea Germanwings, Andreas Lubitz, de 27 años, enfiló el avión hacia las montañas con el propósito de suicidarse, afectado por una seria depresión o enfermedad mental. La publicación Der Spiegel ha afirmado llanamente que el joven copiloto estaba loco. Los alemanes no tienen mucha capacidad para reconocer a los locos, pero después de 1945 han aprendido un poco (no lo suficiente). Me ha llamado la atención el hecho ya que mi interés por los pilotos aéreos pasa justamente por esta historia. La tecnología parece no servir en casos de depresión y locura ya que un copiloto con el síndrome de Dostoiewski puede llevarse a la tumba 150 personas sin que los sistemas de precaución tanto en tierra como aire lo puedan evitar. Mas eso no es asunto de mi competencia. Cada vez que nos ponemos en manos de un guía o un político éste puede resultar ser un Lubitz y llevarnos al agujero a todos. De pronto un joven secretario de hacienda entra en una turbulencia menor y decide recortar el gasto público sin percatarse de que los pasajeros afectados serán millones de personas. Un Lubitz, sin duda. ¿Y quien detecta su mortal afección? Nada puede hacerse. Estamos en manos de un ejército de Lubitz. Y los Alpes nos esperan.      
      
                   
Columna: TERLENKA. EL UNIVERSAL, 30 de marzo de 2015.

LA FORMA DE LAS NUBES


Es probable que Slavoj Zizek sea uno de los filósofos más exhibicionistas y menos profundos que he leído. Ello no significa que no pueda llegar a ser ameno o que ciertos pasajes o disertaciones alrededor de un tema carezcan de interés. Su vistosa actualidad, sus referencias al cine y su retórica especulativa lo auxilian en la construcción de su celebridad. Que un escritor metido a la filosofía sea famoso no es mal negocio. Al contrario: su lectura, aun causada por el morbo y el ruido comercial, será casi siempre provechosa. Que no sepamos exactamente qué es lo que hace cuando escribe parece algo secundario. Si uno mantiene la calma es probable que el movimiento especulativo de su escritura produzca alguna disertación con sentido o brillo. A Michel Foucault se le señalaba como un transgresor del género académico. Se comportaba como un historiador, un sociólogo, un filósofo y un crítico de la cultura sin que ello restara calidad o dirección a sus libros. No era un émulo del caos como Zizek. La filosofía no siempre mantiene la obsesión por la verdad o la certeza lógica. También es un ejercicio que busca construir preguntas, o una manifestación de un temperamento y estilo literario.
    No desprecio el desorden reflexivo o la digresión temática como medios o manifestaciones de la creatividad. Desde Montaigne hasta Peter Sloterdijk hemos leído a ensayistas y filósofos que se han beneficiado de esta vagancia del pensamiento. Lo que me molesta de Zizek es que sea un espejismo y una alegoría que se agota una vez que el brillo de su esgrima intelectual se desvanece. No estamos ante un pensador de la nada, sino ante la nada misma. Juez y parte de una época entregada a la pantalla. Sus lectores se sienten confortados porque en vez de enfrentarse a una pura cultura libresca se encuentran a cada dos pasos con referencias al cine. Y en ello Zizek es abusivo: no se detiene a la hora de descubrir la verdad o el sentido de una película que él interpreta con la firmeza de un sádico e inquisidor parcial. Impone a las obras cinematográficas un carácter de objetividad que no tienen y es experto en edificar una capa secundaria que nos ofrece un mensaje que se supone él descubre. Y el lector, embelesado, se entrega a la especulación de artificio, a la verdad que el mago obtiene de su chistera en espera del aplauso inevitable.
     En la lectura de Acontecimiento (editorial Sexto Piso) me ha acosado el constante sentimiento de estar siendo engañado. He tomado la lectura con el sentido del humor necesario y he intentado leer sin prejuicios. Y, no obstante mi buen ánimo, termino agotado e incluso mal humorado cuando leo —por ejemplo— que el escritor sugiere al Parménides como el mejor diálogo de Platón. Dudo que Foucault e incluso Baudrillard (tan espectacular en sus conclusiones y tan seducido por las palabras) hubieran llegado a realizar esta clase de valoración mercadotécnica: el mejor, el número uno, el verdadero y único. No quisiera ensañarme con el escritor esloveno señalando meros pasajes o haciendo énfasis en un par de páginas. Sería una crítica injusta y además imposible de llevar a cabo en esta escueta y breve nota. Pero me resulta evidente la intención general de esta obra en particular: inventar un concepto (el Acontecimiento) con el único fin de ejercer la especulación, la literatura, la crítica de cine y de practicar gimnasia en el campo de una imaginación desbocada. Tengo la impresión de que al leer sus libros los lectores estamos pagando su formación. Zizek escribe guiones para desarrollar conceptos al vapor. Preguntarse “¿Cuándo tuvo lugar el acontecimiento?”, es aparte de una pregunta sin sentido, una argucia taquillera. (Por lo demás, la editorial Sexto Piso ha publicado a autores como John Gray, Alberto Caraco, y otros —incluso Giorgio Agamben— que me parecen sólidos y provechosos).   
     No me molestan las constantes citas o alusiones a Hegel o a Lacan en el citado libro de Zizek porque sigo pensando que somos enanos en hombros de gigantes (pese a que la obra de Lacan, en lo personal, me sea prescindible) y que la búsqueda de un fundamento proviene de la lectura de los filósofos que nos precedieron. Me hartan las referencias al cine venidas de la nada, consecuencia de un impulso más que de una estrategia. ¿Libertad o barullo? El sicoanálisis tampoco me interesa gran cosa y creo a grandes rasgos que quien haya leído a fondo a Schopenhauer puede prescindir de Freud, no obstante que todo lo sabemos entre todos. Sloterdijk, Rorty, Nagel, Gadamer y tantos otros filósofos se hallan a la espera de ser leídos y comprendidos hasta donde sea posible. Como apostilla a favor de Slavoj Zizek diré que su escritura es creativa y que al menos pone a cierta clase de lectores a pensar: es culto y entretenido, es audaz y buen creador de metáforas. Quizás algún día sea un filósofo.  

Columna: TERLENKA. EL UNIVERSAL, 1 de diciembre de 2014.

miércoles, 25 de febrero de 2015

¿MI NOMBRE?


“Andamos a la buena de Dios. Pero andamos”, me ha dicho un pariente al que no veía hace un alto número de años. “No te preocupes, es Dios el que se ha quedado solo —le comenté, en tono de consuelo—, y se lo tiene muy bien ganado.” Yo pasé de ser ateo a sentir lástima por las divinidades. Así como veo al mundo, no hay nada más qué hacer: sentir piedad por los dioses en caso de que los haya. Y además de sentir conmiseración yo les llevaría ropa y comida, o les leería unas páginas de Leónidas Andreiev, pero no sé a dónde dirigirme. Les leería Los siete ahorcados, o representaría algunos fragmentos de su obra El que recibe las bofetadas, todo con el propósito de entretenerlos, pero, repito, no sé en dónde viven si es que viven. Mi pariente debió sospechar que estoy perdiendo la razón, pero ¿y quién no?, la razón está tan perdida como los pobres dioses. Y para rematar al efímero encuentro no logré, por más esfuerzos que hice, recordar el nombre de mi familiar. Sí, era un tío, hijo de la tía abuela María, hermana de mi abuela. Pero su nombre no se asomaba a mi mente. Es ya común que estas lagunas me visiten. Y en México las personas son muy susceptibles a estos descuidos. Tienes que conocer de memoria sus nombres y apellidos, aunque no los veas hace treinta años. De lo contrario acumulan un poco más de rencor contra ti y andan por allí despotricando contra uno. Hay que ser mañoso para que no se note tu amnesia. Yo he logrado sostener conversaciones de varias horas con personas cuyo nombre no recuerdo, y tampoco logro ubicar la procedencia de nuestra relación. He llorado en un bar por un amigo muerto al que no conocía, junto a su hermano a quien tampoco recordaba haber visto nunca. Y también llega a sucederme con personas muy cercanas; no pongo atención en sus particulares: para mí son manchas amigables que me despiertan ternura o una sonrisa. En Guadalajara un joven, por demás amable, estuvo a punto de golpearme porque no lo reconocí. “Mi padre es tal —me dijo—, y estuviste en nuestra casa cenando y bebiendo; ¿cómo es que no te acuerdas de mí?” ¿Qué reacción debe uno tener ante un reproche tan pertinente? Me sentía muy acongojado y opté por decir la verdad: “Es que conozco a mucha gente y me confundo.” Mi respuesta le pareció arrogante y se enfureció todavía más. Mil veces carajo. Tenía razón: no se puede tener respuesta para todo. Quien tiene respuestas a todos los cuestionamientos que se le hacen miente o es un vulgar especulador.  

     Cuando uno muda su mundo a la literatura, las personas dejan de ser reales. Los personajes ficticios toman el lugar de los seres de carne y hueso. El lenguaje se muestra en su amplitud inmensa y a la vez desoladora. No se puede jugar con las palabras sin correr riesgo alguno. Hay que pagar. Las palabras que, según el primer Wittgenstein (no el otro: el Wittgenstein arrepentido) son el dibujo que representa el mundo, sustituyen ese mundo y entonces, creo yo, uno comienza a perder los objetos reales, los nombres, los zapatos y a los amigos. A sufrir, no queda de otra. Con respecto a la ropa o al vestido me acontece algo parecido. No hay manera de vestirse bien: cuando pongo atención en el vestir de alguien y veo que ha puesto excesivo cuidado en las marcas y en la combinación de sus prendas, me embarga una súbita tristeza. ¿Por qué ese pobre hombre se afana mantener un aliño suntuoso en su persona si terminará como un chorizo seco? ¿No le basta sólo con bañarse? Y apenas dice algunas palabras descubre su pobreza íntima. No hace falta más que proferir dos o tres oraciones para que el hombre bien vestido luzca andrajoso y sucio. Y eso también se sufre. Al menos sufre quien lo escucha. Ojalá el mundo se concentrara en la escritura. Pero no es posible: el escritor debe hacer vida social y allí todo se va al abismo. Hay que aprenderse nombres y fechas, y comprarse de vez en cuando unos zapatos. Martin Amis delata a Isaac Asimov en Visitando a Mrs. Nabokov. Dice que Asimov escribía a un ritmo de seis libros por año. Y los cientos de páginas de su autobiografía los escribió en nueve meses. ¿Para qué necesitaba Asimov el mundo real? Para volverlo irreal. Nada más. 


Columna: TERLENKA. EL UNIVERSAL, 23 de febrero de 2015.

lunes, 2 de febrero de 2015

EL PASADO DEVORA AL PORVENIR


“Yo no tengo cifras ni datos. Tengo lecturas.” Fue la respuesta que dio un escritor al compañero de mesa que le pedía respaldar con estadísticas y “datos duros” sus opiniones sobre la sociedad y la economía. Yo asistí mudo a la conversación. Cada vez me inclinó más a participar con mi silencio. Pongo gran atención en la charla, pero estoy pensando en otros temas. Hablar es cansado y quizás sea una de las actividades de las que vaya yo a prescindir en un futuro próximo. Pero en la conversación citada es probable que, de haber participado, hubiera yo respondido: “No tengo cifras, ni datos, pero, además de lecturas, tengo ojos, intuición, sentimientos, familia, experiencia y un perro.” Habría mentido en lo relativo al perro, pero creo que tanto Porfirio como Isidoro de Sevilla, Borges y Georges Perec habrían desaprobado mi lista en caso de que no añadiera a ella un perro o una escolopendra.
     Los “datos duros”, ¿existen en realidad? Sí, como los patos, los fantasmas o las implosiones solares. Y no son precisamente “duros”, por cierto, sino algo blandos, como es todo aquello que pertenece al ámbito de lo humano, al lenguaje y a la interpretación. Su utilidad o pertinencia depende de cómo hayan sido ubicados en la conversación, el argumento o la controversia. Ya el sencillo hecho de mostrar ciertos datos en vez de otros revela la dirección interesada en que se marcha. Estos datos no dicen nada en sí mismos —son entelequias— hasta que uno los coloca dentro de un escenario con la finalidad de que posean algún sentido. Tales datos pueden tener significados opuestos y distintos dependiendo del escenario o del teatro en el que sean presentados. Cuando después de la aparición de su libro La estructura de las revoluciones científicas (1962), Thomas Kuhn fue acusado —por los científicos datos duros— de dejar a la ciencia sin objetividad, él reafirmó que la objetividad existía, sólo que estaba basada en juicios que dependían en mucho de la época en que se practicaba lo que hoy llamamos “ciencia.” Es decir, el teatro, el escenario o la plaza donde el dato duro representante de la objetividad se presentaba.
     Hace unas semanas leí, finalmente, El capital en el siglo XXI, de un joven economista francés, Thomas Piketty. Logré comprar el libro pues hoy cuesta 800 pesos menos que cuando apareció su primera edición en castellano. Y es que los bolsillos individuales se comportan, a veces, contra toda teoría que intenta predecirlos. Piketty y su equipo han llevado a cabo —hasta donde es posible y lo permiten las fuentes disponibles— un laborioso trabajo de investigación acerca de la historia económica de algunos países, principalmente europeos, más China, Estados Unidos, España y algunos otros. Y ha obtenido conclusiones globales o generales a partir de su investigación. El libro es un buen ejemplo de atención intelectual y de humildad y flexibilidad científica, tan necesaria, esta última, para conocer sin tener que supeditarse a dogmas inmutables. Piketty carece —al menos en apariencia— de concepciones morales fuertes o de ideología, sin embargo los resultados de su investigación histórica son utilizados con el propósito de saber si el puro crecimiento económico, la libertad de mercado sin restricciones, las políticas económicas globales, y el estado, peso y distribución actual de la riqueza en el mundo, podrán en el futuro atenuar la desigualdad social que existe en nuestros días. “No”, se responde y de sus estudios se obtiene más bien la conclusión contraria. Es probable que la desigualdad social en el mundo se haga todavía más profunda.
     Fuera del valor y sustento histórico que, para la economía, posee el libro de Piketty, el desenlace de su planteamiento es ordinario y el mismo al que han llegado mis primas, la vecina suspicaz y el modesto comerciante que trabaja de la noche a la mañana: la riqueza (o capital) está mal distribuida, las herencias son injustas y si —entre otras medidas— no se aplican impuestos progresivos al ingreso y capital de los que más tienen, entonces mañana serán aún más ricos y la desigualdad social crecerá. En otra ocasión comentaré con calma el libro que tanta algazara ha causado. Pero quiero hacer mella en un asunto crucial del libro: Piketty desconfía de aquellos economistas que no ponen atención en el saber y la experiencia del resto de las ciencias sociales, e incluso le niega el estatuto de “ciencia” a la economía. Además, no desprecia la experiencia literaria y sabe que muchos novelistas nos dan noticias del estado económico, social y humano de su época: es probable que sus lecturas novelescas lo lleven a escribir en un lenguaje sencillo y comprensible. De alguna manera sigue el impulso de un Paul Feyerabend, aunque de manera más escolar. En fin, termino esta columna literaria con una sentencia de Piketty luego de revisar el estado de la renta que produce la propiedad y el capital acumulado por una minoría a lo largo de la historia: “El pasado devora al porvenir.”
      
Columna: TERLENKA. EL UNIVERSAL, 2 de febrero de 2015.

lunes, 12 de enero de 2015

TERRORISMO Y TRADUCCIÓN


Al enterarme del atentado sufrido por el semanario Charlie Hebdo, en París, a manos de terroristas, recordé uno de los principios que Hans Küng propuso para lograr la convivencia pacífica entre diversas religiones: la puesta en práctica de una ética global. En sus palabras: “No hay diálogo entre las religiones sin normas globales éticas.” Hans Küng es un teólogo suizo y un escritor de obra abundante de quien es muy sencillo tener noticias, así que no me extenderé en su biografía. Las víctimas del semanario Charlie Hebdo, son víctimas porque su vida ha sido trastornada de la noche a la mañana: o han muerto, o sus lesiones físicas los han convertido, para mal, en otras personas. En cambio, un dibujo satírico o una referencia burlesca a Mahoma ¿a qué musulmán mata? ¿Es capaz de causar daños sicológicos tan profundos que éstos transformen radicalmente y para mal la vida de un creyente ofendido? No podría responder con certeza a la segunda pregunta, aunque supongo que los extremistas encuentran en la mofa de sus símbolos religiosos una humillación insoportable. Sin embargo, yo no acepto comprender que a una caricatura o a una sátira de las costumbres —la que además encuentra, en el caso de Charlie Hebdo, su sentido en el arte— se le responda con el asesinato y el terror. No hay un punto de vista verdadero ni totalmente objetivo en este caso: es uno quien lo hace verdadero a partir de la propia convicción ética sumada a un esfuerzo de comprensión y tolerancia hacia las costumbres ajenas. La idea de una ética global, de Hans Küng marcha en esa dirección. El teólogo quiere que las religiones conversen porque sin diálogo no existe paz ni supervivencia. Y para ello cree necesaria la presencia de una ética global o universal. Ya Kant, en el sentido científico y estricto de la filosofía, había intentado dar con unos unos principios éticos universales. Y Richard Rorty había hecho lo suyo, pero anteponiendo la perspectiva, la conversación y la hermenéutica (o interpretación) a la ruda noción de una verdad universal que debía valer o imponerse a cualquier precio. No hay manera  —desde una perspectiva civil o secular— de justificar los crímenes a mansalva sucedidos en Francia. Y lo que Hans Küng persigue, en esencia, es la edificación de una especie de religión civil que ponga en la mesa normas globales éticas para la conversación entre religiones.
     Cito ahora textualmente algunas palabras y juicios extremos de Thomas Bernhard cuando le realizaron una entrevista en los años ochenta, poco antes de morir. “Un libro traducido es como un cadáver, mutilado por un coche hasta quedar irreconocible. La verdad es que los traductores son algo horrible. ¿Por qué traduce alguien? Debería escribir sus propias cosas. Traducir es un trabajo de criado.” ¿Qué se hace con esta clase de comentarios?, me pregunto. Ubicarlos en la circunstancia propia de un escritor que, además de crear obras importantes, goza siendo malvado a la hora de expresarse. ¿O acaso un grupo extremista de traductores tendría que haberlo asesinado? No necesito hacer la defensa de la traducción como estímulo necesario en el natural movimiento del lenguaje. Mas debo decir que quien traduce interpreta, coincide, disiente, acuerda, conversa e inventa un orden que le da sentido al vivir en comunidad. Casi todos los traductores de mis novelas a otros idiomas son mujeres, y he mantenido con ellas una charla constante comentando acerca de sus dudas o preguntas sin oponer ninguna resistencia: Nelly Lhermillier, Elena Rolla, Cristina Fradusco, Rinat Schnadower, Sabine Giensberg, Alice Rose Whitmore. Todas ellas son para mí una prueba de que el juicio de Bernhard es una tontería estética. Yo no sé leer en hebreo pero la conversación con Rinat me dejó en claro que teníamos coincidencias semánticas con respecto a mi novela. Y cuando la alemana, Sabine Giensberg, me dijo que antes de comenzar a traducirme hacía yoga y se relajaba para soportar mis exabruptos no me ofendí. Al contrario: me dio risa su método y aunque no podía yo creerlo, aceptaba que a ella su estrategia le daba resultados fructíferos. ¿Y a raíz de su comentario acerca de los traductores tendría yo que dejar de leer a Bernhard? Claro que no: ello sería una acción extrema y estúpida desde mi punto de vista. Me perdería a un escritor notable que en mi saber vale por una centena de escritores políticamente correctos. La idea de Küng sobre la convivencia entre religiones la ha respaldado cuando afirma, por ejemplo, que el Papa y la Iglesia católica no son infalibles y, por lo tanto, pueden ser objeto de crítica. Todos somos objeto de crítica, e incluso de burla: lo que somos o hacemos puede ser satirizado. Duele vivir.
       

Columna: TERLENKA. EL UNIVERSAL, 12 de enero de 2015.

lunes, 24 de noviembre de 2014

VOZ SECUESTRADA


Es posible que nuestra costumbre de hablar en nombre de los demás sea un impedimento o un obstáculo para lograr una convivencia amable. A no ser que los demás nos hayan entregado o encargado su voz —algo que sólo puede realizarse de manera simbólica—, deberíamos pensar dos veces antes de cometer el acto arrogante de tomar de otros su voz para así expresar deseos u opiniones individuales. Sin embargo, el secuestro de la voz sucede muy a menudo: es una constante que desde mi punto de vista resulta perniciosa y fatal para los asuntos de la cosa pública. No tendría que esforzarme demasiado para mostrar por qué el voto es ahora sólo un eco, una reminiscencia lejana del verdadero acto de entregar la voz a alguien capaz de ofrecernos beneficios a cambio. Los partidos políticos o las dirigencias sindicales han acabado con nuestra confianza; aún más: nos han demostrado que carecemos de voz y que sus integrantes son, como el doctor Murke —en el relato de Heinrich Böll—, expertos coleccionistas de silencios.
     La pregunta que se hacía Karl Popper (filósofo no sólo ligado al racionalismo científico o a la idea de sociedad abierta) sobre ¿qué debemos hacer los seres comunes para deshacernos de los malos gobernantes?, se ha trocado en una pregunta que hace todavía algunas décadas nos habría parecido extravagante o fuera de lugar: ¿Cómo haremos los ciudadanos o personas comunes —los simples mortales— para deshacernos de los partidos políticos? Dicho de otro modo: ¿Qué tenemos que hacer para retirarles la palabra o parte de nuestra palabra? Sé que he llevado a un extremo, tal vez insoportable y exagerado, las conclusiones de mi incertidumbre, pero después de varias décadas vividas bajo la impericia política, la cauda de actos criminales y el aumento de las diferencias sociales y económicas, creo que la alternativa más seria a una situación semejante es buscar y cultivar formas de expresión y presión públicas capaces de devolver la voz y la tranquilidad a las personas honradas cuya existencia no representa un mal social ni un riesgo a la supervivencia o al orden ecológico.
     ¿Cómo fincar dicha alternativa? Ya sea creando nuevas comunidades políticas novedosas en las que se practique la crítica y el intercambio de opiniones; formando pequeños grupos coincidentes que, unidos a otros, tengan la oportunidad de presionar a las autoridades y señalarlas cuando no cumplan con sus obligaciones; tejiendo de nueva cuenta una red social con la ayuda de la tecnología y la indignación para influir en la rehabilitación de las instituciones; dando lugar incluso a redes y conexiones entre los integrantes de partidos u organizaciones políticas distintas que posean un verdadero interés en el bien común por encima de los intereses de su partido (no todo político es sinónimo de enemistad pública).
     Sabemos que las ideologías se han debilitado frente al enorme poder de un mercado voraz —Stiglitz, Giddens, Sartori, etc…— y que por lo regular las militancias derivan en odios y acciones que sólo sirven al interés personal de los oportunistas e involucrados. Escribí hace pocos días que los políticos en México (y sus familias) carecen de la decencia de ser pobres. Incluso aparecen en los medios alegando que sus fortunas han sido consecuencia de su trabajo. ¿Y la vergüenza de tener tanto dinero en una sociedad empobrecida? La búsqueda de equilibrio económico entre ricos y pobres, el afianzamiento de una clase media más educada y menos consumidora y, en general, el ascetismo, la prudencia y el deseo de servir tendrían que ser constantes políticas de una política cuyo estado o pacto civil parece hoy fisurado por el crimen, la corrupción, la impunidad y los malos gobiernos.
     El crimen de Ayotzinapa resulta aún más cruel e intimidante porque sabemos que un acto así existe en potencia en varios estados de la república. He allí la raíz del miedo y de la decepción social, de la zozobra y el desencanto que emana de cualquiera que alimente la esperanza de vivir no en un país mejor, sino al menos en un país que exista como realidad y espacio habitable. ¿El entretenimiento vacío, la indiferencia hacia lo social y el individualismo de la más baja calidad son una elección o una imposición? No lo sé del todo; mas tengo la certeza de que si partimos sólo de estas constantes es imposible formar país, justicia e instituciones. Estas últimas —y creo que en esto lleva razón Amartya Sen sobre John Rawls— no son emanaciones directas y abstractas de la justicia, sino constructoras y promotoras de ella. Ojalá algún día se recupere la voz pública para ponerse de inmediato a trabajar en estos asuntos. Ya estaré muerto.       

Columna: TERLENKA. EL UNIVERSAL, 25 de noviembre de 2014.