“Yo no tengo
cifras ni datos. Tengo lecturas.” Fue la respuesta que dio un escritor al
compañero de mesa que le pedía respaldar con estadísticas y “datos duros” sus
opiniones sobre la sociedad y la economía. Yo asistí mudo a la conversación.
Cada vez me inclinó más a participar con mi silencio. Pongo gran atención en la
charla, pero estoy pensando en otros temas. Hablar es cansado y quizás sea una
de las actividades de las que vaya yo a prescindir en un futuro próximo. Pero
en la conversación citada es probable que, de haber participado, hubiera yo respondido:
“No tengo cifras, ni datos, pero, además de lecturas, tengo ojos, intuición,
sentimientos, familia, experiencia y un perro.” Habría mentido en lo relativo
al perro, pero creo que tanto Porfirio como Isidoro de Sevilla, Borges y
Georges Perec habrían desaprobado mi lista en caso de que no añadiera a ella un
perro o una escolopendra.
Los “datos duros”, ¿existen en realidad?
Sí, como los patos, los fantasmas o las implosiones solares. Y no son
precisamente “duros”, por cierto, sino algo blandos, como es todo aquello que
pertenece al ámbito de lo humano, al lenguaje y a la interpretación. Su
utilidad o pertinencia depende de cómo hayan sido ubicados en la conversación,
el argumento o la controversia. Ya el sencillo hecho de mostrar ciertos datos
en vez de otros revela la dirección interesada en que se marcha. Estos datos no
dicen nada en sí mismos —son entelequias— hasta que uno los coloca dentro de un
escenario con la finalidad de que posean algún sentido. Tales datos pueden
tener significados opuestos y distintos dependiendo del escenario o del teatro
en el que sean presentados. Cuando después de la aparición de su libro La estructura de las revoluciones
científicas (1962), Thomas Kuhn fue acusado —por los científicos datos duros— de
dejar a la ciencia sin objetividad, él reafirmó que la objetividad existía,
sólo que estaba basada en juicios que dependían en mucho de la época en que se
practicaba lo que hoy llamamos “ciencia.” Es decir, el teatro, el escenario o
la plaza donde el dato duro representante de la objetividad se presentaba.
Hace unas semanas leí, finalmente, El capital en el siglo XXI, de un joven
economista francés, Thomas Piketty. Logré comprar el libro pues hoy cuesta 800
pesos menos que cuando apareció su primera edición en castellano. Y es que los
bolsillos individuales se comportan, a veces, contra toda teoría que intenta
predecirlos. Piketty y su equipo han llevado a cabo —hasta donde es posible y
lo permiten las fuentes disponibles— un laborioso trabajo de investigación
acerca de la historia económica de algunos países, principalmente europeos, más
China, Estados Unidos, España y algunos otros. Y ha obtenido conclusiones globales
o generales a partir de su investigación. El libro es un buen ejemplo de
atención intelectual y de humildad y flexibilidad científica, tan necesaria,
esta última, para conocer sin tener
que supeditarse a dogmas inmutables. Piketty carece —al menos en apariencia— de
concepciones morales fuertes o de ideología, sin embargo los resultados de su
investigación histórica son utilizados con el propósito de saber si el puro crecimiento
económico, la libertad de mercado sin restricciones, las políticas económicas
globales, y el estado, peso y distribución actual de la riqueza en el mundo,
podrán en el futuro atenuar la desigualdad social que existe en nuestros días. “No”,
se responde y de sus estudios se obtiene más bien la conclusión contraria. Es
probable que la desigualdad social en el mundo se haga todavía más profunda.
Fuera del valor y sustento histórico que,
para la economía, posee el libro de Piketty, el desenlace de su planteamiento
es ordinario y el mismo al que han llegado mis primas, la vecina suspicaz y el
modesto comerciante que trabaja de la noche a la mañana: la riqueza (o capital)
está mal distribuida, las herencias son injustas y si —entre otras medidas— no
se aplican impuestos progresivos al ingreso y capital de los que más tienen,
entonces mañana serán aún más ricos y la desigualdad social crecerá. En otra
ocasión comentaré con calma el libro que tanta algazara ha causado. Pero quiero
hacer mella en un asunto crucial del libro: Piketty desconfía de aquellos
economistas que no ponen atención en el saber y la experiencia del resto de las
ciencias sociales, e incluso le niega el estatuto de “ciencia” a la economía.
Además, no desprecia la experiencia literaria y sabe que muchos novelistas nos
dan noticias del estado económico, social y humano de su época: es probable que
sus lecturas novelescas lo lleven a escribir en un lenguaje sencillo y
comprensible. De alguna manera sigue el impulso de un Paul Feyerabend, aunque
de manera más escolar. En fin, termino esta columna literaria con una sentencia
de Piketty luego de revisar el estado de la renta que produce la propiedad y el
capital acumulado por una minoría a lo largo de la historia: “El pasado devora
al porvenir.”
Columna:
TERLENKA. EL UNIVERSAL, 2 de febrero de 2015.