lunes, 19 de julio de 2010

ESTADÍSTICAS, ¿PARA QUÉ?


La mañana en que escribí este artículo me levanté pensando en que casi nada de lo que afirmo va acompañado de estadísticas o datos duros —como se le llama a las cifras que aparentemente nadie puede refutar— y por supuesto me puse muy contento por ello. Hoy en día casi cualquiera acude a las estadísticas para demostrar autoridad. Sin unos cuantos datos que sostengan sus palabras los opinadores se sienten perdidos. Qué mala suerte encontrarse con uno que te sepulta en datos durante una conversación en la que se intenta aclarar determinado problema. Acaba uno mucho más confundido de lo que estaba. Antes siquiera de plantear el problema de una forma adecuada ya nos estamos llenando la cabeza de números que en buena parte no sirven para nada. ¿Cómo hace tanto mentiroso para poner a la verdad de su parte? Acude a las estadísticas. A veces ni siquiera tiene que preocuparse por explicar nada: "las estadísticas hablan por sí solas", nos dice, aunque creo que es justo lo contrario: ningún dato puede hablar por sí mismo porque su sola existencia posee en principio una intención humana.

El verdulero sabe que los sábados se venden más calabazas que en el resto de la semana y obtiene beneficios de este conocimiento, es decir se pertrecha con más calabazas para que no se le acaben. Un día las cosas cambiarán y habrá que ajustarse a las nuevas condiciones del mercado. Ahora bien, si el mismo vendedor de verduras me dice que cinco de cada diez personas que comen zanahorias son capaces de ver los volcanes en un día nublado porque tal verdura contiene propiedades que estimulan la vista, correré a comprar mis verduras en el puesto de junto. Comprendo que en el primer caso el señor verdulero sabe cosas por experiencia, en el segundo sólo está alardeando de un conocimiento que no tiene. Un camino para evitar el engaño es desconfiar de cualquier estadística que no podamos comprobar por nuestros propios medios (por ejemplo: el promedio de temperatura en la cima de los Pirineos); después habría qué preguntarse quién está ofreciendo los datos y cómo se beneficia de ello También es bueno tratar de obtener conclusiones diferentes de unas mismas cifras o cambiar su sentido a la hora de interpretarlas. Y sobre todo, es indispensable leer entre líneas lo que estos números no dicen o esconden, pues es común que se les use para correr cortinas negras sobre ciertos aspectos del caso que pudieran ser en verdad relevantes para nosotros. Las estadísticas son un instrumento que auxilia en la ampliación del conocimiento humano, pero hay que tener en cuenta que toda recolección de datos, así como su interpretación y su aplicación en la realidad va precedida siempre de un interés humano.

Una visión desde ningún lugar, es el título que el filósofo, Thomas Nagel, ha elegido para un libro que reúne sus ideas acerca de la realidad, el conocimiento, la libertad, la muerte, el sentido de la vida, la ética y otros temas que son interesantes por sí mismos y que tantos escritores, filósofos, poetas y cocineros han tratado cada quien a su modo. Si tuviera que concluir en un párrafo lo que encontré en esas páginas diría lo siguiente: no podemos abandonar la perspectiva personal y subjetiva desde la que miramos, comprendemos y juzgamos el mundo que nos rodea: la objetividad absoluta es imposible aunque hacia ella tienda el conocimiento científico. Cuando uno desea ser objetivo intenta justamente ubicarse más allá de una posición determinada o subjetiva para observar las cosas desde ningún lugar y tratar así de ser imparcial, objetivo, justo. ¿Es posible hacer eso? ¿Es posible no anteponer los intereses personales —la singularidad— cada vez que uno da opinión sobre las cosas? Creo que la respuesta de Nagel es "no", aunque haya escrito trescientas hojas tratando de mostrar lo contrario. Y si los filósofos que han reflexionado acerca de la objetividad misma, como Hilary Putnam, Bernard Williams, Richard Rorty o el mismo Nagel tienen serias dudas de su posibilidad, ¿cómo podríamos aceptar las estadísticas como base de conocimiento? Son sólo un relato más, un instrumento, que en manos de personas honradas, razonables y —hasta donde es posible serlo— desinteresadas, podría servir para ampliar nuestro saber y mejorar muchos aspectos de la vida ordinaria. Ahora bien: ¿donde se han metido esas personas?


Columna: TERLENKA. EL UNIVERSAL, 19 de jullio de 2010.

lunes, 12 de julio de 2010

LA CINTURA MÁS BREVE


Una noche de viento amargo y lluvia copiosa me encontraba dormido en la habitación de un hotel. Los hoteles son los únicos dormitorios en los que suelo descansar y en donde mis recurrentes pesadillas se desvanecen. Lo contrario es lo cotidiano: el insomnio que produce el miedo a que los perros armados entren a tu casa y asesinen lo que más quieres (en esta ciudad la libertad de los ladrones es envidiable). En el hotel nada es mío y los fantasmas que rondan entre sus paredes me resultan ajenos. Ninguno de ellos tiene un rostro conocido. En la madrugada, a punto casi de amanecer, me di cuenta de que había dejado encendido el televisor. En la pantalla una mujer se daba a la tarea de convencer a su auditorio nocturno que con el auxilio de un aparato podríamos hacer ejercicio de manera divertida, breve y sin sufrimiento. Estuve durante horas absorto escuchando ese cúmulo de tonterías como si de pronto hubiera sido aquejado de una severa parálisis.

Hace tres años estuve en Frankfurt por razones de poco peso e interés y fui hospedado en el piso treinta de un hotel para ejecutivos u hombres de negocios. La primera noche los fantasmas de estos hombres solos que durante las noches miran televisión, hacen una llamada a su esposa y orinan concentrada su vista en el retrete blanco, no me permitieron un sueño sosegado. Sus pasos nocturnos, nerviosos, señal de un miedo que no aciertan a comprender andaban sobre mi esternón como en un pasillo sin salida. Un poco de ejercicio divertido y sin sufrimiento habría hecho bien a esas almas atorrantes e infelices que ni siquiera podrían escapar por la ventana pues a esas alturas del edificio las ventanas se clausuran y las nubes siguen su camino hacia la nada. No soporté la estancia en esa habitación y al día siguiente renté otra en un hotel barato cercano a la estación de trenes. Cuando entré a la recepción una prostituta se rió de mi aspecto sombrío y con su dedo barnizado me señaló la etiqueta de mi camisa. "Se ha puesto usted la camisa al revés."

"La vida es breve y el arte largo" es una aforismo de Hipócrates. Como todos los aforismos este tampoco quiere decir nada y sólo es una llamada a continuar la creencia de que entendemos el sentido oculto de las cosas. Un discurso breve o una novela corta hacen que las bodas o la literatura sean menos desquiciantes. Una visita breve y amable vuelve sabios a nuestros huéspedes. La brevedad es sin embargo relativa y parece imposible asumirla como un valor absoluto. Cada uno de nosotros es la medida del tiempo y el reloj que usamos para ello carece de números. En estos días me he dedicado por completo a la lectura de los cuentos reunidos de Saul Bellow y he descubierto de qué manera cierto sufrimiento a la hora de la lectura es necesario si uno quiere abrir la ventana de todos los pisos treinta del mundo y liberarse. Bellow apreciaba la brevedad, aunque en sus relatos casi nunca la practicó. Él escribió: "Los hombres que preferían a las mujeres gruesas (¡cuanto tiempo hace de eso!), solían decir que nunca puede haber demasiado de algo que es bueno." Sufrir, caminar mucho, dormir en una cueva, romperse los ligamentos, sanar bajo el portal de un bar clausurado, así se leen los relatos de este gran escritor. Y cuando al fin decide poner punto final a sus cuentos es que ya no se puede seguir adelante, ni tampoco retroceder. Entonces se hace evidente que el arte permanece, aunque la vida sea breve, como sentenciaba Hipócrates.

A mi padre le gustaban las mujeres generosas en carnes, aunque en su tiempo admiraba a una encueratriz a quien apodaban "La cintura más breve." Habría sido un buen lector de Bellow. Yo apenas lo comienzo a ser y a descubrir que el ejercicio no puede ser divertido o breve porque algo así lleva a la depresión y a la tristeza profunda. Y no requiero probarlo, sólo hace falta encender el televisor.


Columna: TERLENKA. EL UNIVERSAL, 12 de jullio de 2010.

lunes, 5 de julio de 2010

ESO NO ES VIDA


Las personas más interesantes se esconden. ¿Será una regla? Interesantes, ¿para quién? Respondo: en todos los casos y para todos los quienes. Los palurdos, anodinos e insípidos, por el contrario, acostumbran no esconderse. Dan la cara en cuanto se abre una ventana. ¿Será otra regla? No, es una ley tan necia como la ley de la gravedad. Los seres más atractivos se entierran como topos, hay que husmear y sacarlos de su madriguera. Esto en caso de que sepamos dónde están, lo cual no es tan sencillo. Una mesera que va menuda entre las mesas de un restaurante en la plaza Lubeiskiej, en Varsovia. Ella es la única mujer con quien sería dichoso un joven escritor que vive en la calle 26-A, cerca de la librería Luvina, en Bogotá. ¿Pero quién va a presentarlos? Nadie, no existe alguien capaz de presentarlos porque ni siquiera tienen un amigo en común. Esto es una desgracia por donde se le mire.

Es un estigma: estar ausente cuando más se requiere de la presencia. ¿De cuántos artistas, libros, obra se pierde uno cada semana que transcurre? Respondo: se pierde uno absolutamente de todos. Personas que van entre las mesas, o no están en los medios masivos o se esconden por instinto. Se llama calamidad. Buscar en Varsovia a las mujeres que convienen ¿es imprudente? No, de ningún modo, en cambio se les busca en el barrio o dentro de la misma casa. En último término la pereza es un arte que cuesta doblones de oro. ¿Se sabe si existen aún los doblones de oro? Yo he vuelto a leer a Witold Gombrowicz después de que han caído al suelo dos décadas más (lo leí por primera vez el seis de julio del ochenta y nueve). Son dos conferencias dictadas por ese escritor proveniente de la garganta de un perro y publicadas en Tumbona Ediciones dentro de una colección de nombre Versus. En esta colección han aparecido también los breves libros de Rafael Lemus: Contra la vida activa; de Heriberto Yepez: Contra la tele-visión; además de un argumento contra la homofobia, escrito hace dos siglos por Jeremy Bentham. Y más.

"El estilo no es otra cosa sino una actitud espiritual frente al mundo", ha dicho Gombrowicz. ¿Quién ha puesto en cara una definición tan sencilla? Varios habrían tardado cuarenta y siete páginas plenas de metáforas para bosquejar una definición que dejara un poco más claro que el estilo, como la economía, no es cálculo y teoremas, sino sentido del humor. Sentido del humor quiere decir pasión que toma dirección, pasión orientada hacia el este. Y en la misma conferencia —la cual, por cierto, versa contra los poetas—, Gombrowicz ha dicho algo que pasmaría a más de tres: "A veces me gustaría mandar a todos los escritores del mundo al extranjero, fuera de su propio idioma y fuera de todo ornamento y filigranas verbales, para comprobar qué quedará de ellos entonces." Yo comprendo esto de dos maneras.

La primera es que el joven escritor quien vive en la calle 26-A en el barrio de la Macarena, Bogotá, debería ahorrar dinero, tomar un avión e ir a buscar a su hermosa polaca a Varsovia. Ella sabrá esperar. La segunda interpretación de lo que ha expresado el autor de Pornografía, es la siguiente: el artista tendría que expulsarse del barrio de sí mismo para saber si fuera del vientre, de la esfera íntima, encuentra a una mesera menuda que cambie la orientación de su vida. Es una prueba. Y sí uno sale a la calle en busca de esos artistas, editores, escritores, librerías que se esconden —o que son sepultados por la agobiante vocinglería de los medios— habrá dado el paso hacia la anulación del ser testarudo e intensamente mediocre que se anida en el alma. ¿Se puede vivir sin leer a Cervantes? Sí, pero eso no es vida. Y si además de lidiar con Cervantes se va en busca de la bella joven eslava que se esconde sirviendo mesas, entonces casi todo habrá valido la pena.



Columna: TERLENKA. EL UNIVERSAL, 5 de julio de 2010.

miércoles, 30 de junio de 2010

DOS PANTUFLAS


"Había dado apellido a sus dos pantuflas", escribió un hombre experto en líneas satíricas. Y me entristecí cuando me imaginé a un hombre que en el colmo de su soledad ponía nombre a sus pantuflas como si se tratara de dos viejas y cansadas amigas a quienes no les quedaba más remedio que acompañarlo en su vida solitaria.

"Aquel hombre tenía tanta inteligencia que no servía para casi nada en el mundo", escribió el mismo hombre experto en líneas satíricas y comprendí tan a fondo sus palabras porque, aunque parezca extraño, he conocido a personas que debido a su inteligencia no sirven para nada en el mundo. Son como esas medusas marinas a las que nadie encuentra utilidad ni sentido, pero que ocupan un raro sitio en nuestra imaginación. Y he recordado también a una persona que una tarde me confesó no tener ningún problema a la hora de traducir al español a los más difíciles autores alemanes, pero que no podría ni remotamente sostener una charla casual con una mesera berlinesa. Esta persona podía traducir a Goethe, pero no sabía como ordenar las palabras para sobrevivir. Y yo lo comprendí.

"No es la fuerza del espíritu, sino la del viento la que ha llevado a esa persona donde está." Es esta una línea que ha escrito también nuestro hombre experto en aforismos y es verdad que su frase ha trazado de un modo tan sencillo el bosquejo de mi propia vida. Se puede confiar en el espíritu, pero se corre el riesgo de que este espíritu lo deje a uno plantado. Con todo, parece menos riesgoso confiar en el viento pues tarde o temprano moverá las cosas con o sin nuestro consentimiento. Si uno lo piensa bien casi todo lo que hacemos o somos se debe más al viento — el azar— que a la fuerza del espíritu. En esto coincido totalmente con nuestro hombre experto.

"Se maravillaba de ver que los gatos tenían la piel atravesada por dos agujeros, precisamente en el lugar de los ojos." Escribió estas líneas nuestro hombre experto en aforismos y de inmediato me hizo recordar que yo tuve dos gatas que sí tenían ojos y que me miraban una con ternura, la otra con temor. Yo las quería lo mismo, pero una de ellas me temía porque alguna vez cuando ésta era todavía un cachorro le di un puntapié. Hubiera querido yo que en vez de ojos mi gata hubiera tenido dos agujeros negros para que no me mirara de esa manera. Quiero terminar ahora revelando el nombre de nuestro escritor experto quien vivió en el siglo dieciocho y que fue sumamente admirado por unos cuantos hombres. Se apellidaba Lichtenberg y si tuvo alguna vez pantuflas entonces éstas debieron llevar cada una alguno de sus nombres de pila: Georg y Christoph.

Revista DÍA SIETE, junio de 2010.

lunes, 28 de junio de 2010

SUICIDIO


La primera vez que quise suicidarme fue a los ocho años. Es verdad. Amagué a mis hermanos con lanzarme desde la ventana de un tercer piso. Y aunque a esa edad los huesos son elásticos, creo que mi humanidad habría cambiado de apariencia. Estoy seguro de que habría sobrevivido, pero no sé en qué condiciones. Acaso sería un tullido interesante. Ante la perspectiva de mi suicidio, mis hermanos menores lloraban y me suplicaban que no me arrojara al vacío. Ahora se habrán arrepentido, pero entonces sus lágrimas me parecieron tan convincentes que dejé para el futuro asunto tan importante. Yo no sé por qué un niño de ocho años toma la decisión de suicidarse, ni creo que sus razones logren convencer a un adulto, pero el impulso de estrellarme contra la banqueta era genuino.

Mis padres reñían, las niñas de mi edad me consideraban un mal partido, el hermano de mi madre gemía porque su mujer lo engañaba, mi perro era paralítico, los vecinos me parecían odiosos, mi maestra de tercero era tan bella que yo no hacía mas que pensar en ella a todas horas, mis amigos eran tan pobres y estúpidos, mi casa tan pequeña, el director de mi escuela me presionaba para representar a la institución en un concurso de oratoria, mi abuela cambiaba de amantes cada semana, no sé cuál de todas estas razones habrá sido entonces la causante de mi intento suicida, pero lo único cierto es que ese niño tenía medio cuerpo más allá de la ventana y si sus hermanos no hubieran berreado al unísono se habría tirado de cabeza contra la acera. Mal comenzaba mi paso por esta vida.

Durante mi adolescencia intenté suicidarme en un par de ocasiones, pero a diferencia de aquella primera vez no tuve la convicción necesaria para hacerlo. Lo que me animaba a dejar el escenario a tan temprana edad era el hecho inestimable de que un suicida acapara la atención de quienes lo aman. Eso es invaluable para un ser tímido, aprehensivo y que no se acostumbra al inconveniente de haber nacido. Para mi desgracia, la pobreza económica de mis padres les impidió darme la atención que yo merecía y estoy cierto de que un hijo menos les habría solucionado problemas de espacio y alimento. Un niño de trece años come tanto como una manada de hienas. Mis padres no tenían dinero para enviarme a un psicólogo, ni ánimos para remediar mis tribulaciones. Cómo me arrepiento de haberles dado esas preocupaciones absurdas. Es verdad manida pero certera que sólo los ricos tienen derecho a suicidarse.

A los diecinueve años leí a Camus, a Sartre y mi libro de cabecera fue La metamorfosis. Entonces supe que jamás me cortaría las venas. El mundo mismo era tan detestable que un suicidio no habría sido una renuncia y sí una verdadera afirmación de la vida. Mi novia en esa época tenía quince años y era hermosa como un níspero que da sus primeros frutos dorados. Vivimos varios años de buen amor hasta que un día le prometí que si me abandonaba por otro me ahorcaría en el parque que estaba frente a su casa. Debí callarme. Una semana después de mi amenaza decidió romper conmigo y yo no tuve la entereza ni el valor para transitar al mundo de las sombras. Ser inclinadas al drama no hace a las personas más humanas ni más sabias. Al contrario, es entonces cuando más nos parecemos a los pájaros que alborotan desde los árboles, o a los perros que mean donde les viene en gana.

"La mujer que no llora es como la fuente que no mana, que para nada sirve, o como el ave del cielo que no canta", escribió Camilo José Cela a quien admiré incluso cuando vivía. Lo cual no es poca cosa. Pero el hombre que llora no es como Aquiles, ni sus lágrimas lo volverán más honrado. El hombre que llora es como una letrina, como un retrete a donde llegan las peores secreciones. A esta conclusión llegué a los treinta años y desde entonces desprecié para siempre mi intención de suicidarme. Y una última frase, de Pessoa por cierto: "Circunscribo a mí la tragedia que es mía. La sufro, pero la sufro de frente, sin metafísica ni sociología. Me confieso vencido por la vida, pero no me confieso abatido por ella."

Columna: TERLENKA. EL UNIVERSAL, 28 de junio de 2010.


lunes, 14 de junio de 2010

LA FIDELIDAD: UN INVENTO


Cuando por fin se presenta un tema del que uno quisiera escribir con paciencia o sabiduría la habitación se transforma, las palabras no caen como debieran y el fracaso nos devuelve de un sólo empujón hacia la nada. Isaiah Berlín dijo que los problemas con los que ha lidiado la filosofía desde siempre son interesantes por sí mismos. No requieren de una función precisa ni de ofrecernos frutos evidentes. Esa aparente inutilidad de las palabras cuando intentan resolver -o por lo menos situar- problemas del pensamiento comunes a buena parte de los seres humanos, se transforma en vida real justo porque la filosofía da la impresión de no servir para nada. ¿De qué se ocupa la mente? Resolver la comida cotidiana, la casa, la convivencia con los demás, son asuntos importantes y a ellos se dedica uno en gran medida. ¿Y después?

Cuando leí El innombrable de Samuel Beckett hace ya tantos años tuve la impresión de que esa voz amargada e incisiva que corroe el libro intentaba decirme algo que yo jamás comprendería. No se consumen tantas páginas sin esperar de ellas por lo menos una fugaz enseñanza. Y no obstante la sensación de azoro que me poseyó entonces, continué la lectura porque a esa voz me unía la misma resuelta desesperación que se hizo presente de nuevo en mi actual relectura del libro. En estas hojas las palabras marchan unas detrás de otras movidas por un impulso que carece de itinerario, palabras que no pueden detenerse porque si el silencio llega todo se habrá acabado. Esto es lo que encontré allí: temor al silencio. No el silencio de la tranquilidad o el símbolo de la correspondencia entre hombre, materia y tiempo, ni tampoco el silencio de quien se calla porque cree que las palabras son innecesarias para enfrentar las dudas vitales. Es el simple y jodido silencio de la muerte. Creo que eso es justo lo que advertí en el monólogo de este ser que pese a estar hecho de palabras se considera un innombrable, un ser que se va de las manos, que permanece y se aleja al mismo tiempo.

El problema de la identidad se encuentra en el centro de todo lo que hacemos y yo no podría sugerir respuestas ni aun escribiendo decenas de libros, que por lo demás ya existen. Es un dilema tan viejo como los griegos. Si afirmo que soy la misma persona de hace 27 años atrás, el mismo ser de quien conservo fotografías o ciertos recuerdos, no tengo manera alguna de probarlo (el yo es improbable). Existen muchas teorías al respecto, pero sirven de casi nada pues lo que uno necesita cuando tiene dudas de esta índole es cualquier cosa, menos teorías. Responder, por ejemplo, que somos un rebaño de proteínas que evolucionan es todo, menos una respuesta. No me reconozco en el que fui. No encuentro siquiera un cierto parecido con el que hace unos años tomó decisiones en mi nombre. Creo que nada permanece, acaso el mito sin raíces, el constante monólogo que describe Beckett en El innombrable, esa necesidad estúpida de seguir hablando porque de lo contrario el silencio llegará y pondrá punto final a todo.

En La posibilidad del altruismo (conjunto de ensayos acerca de Ètica), Thomas Nagel expone una encrucijada moral relacionada con la prudencia o las razones que tenemos para actuar de cierta manera suponiendo que en el futuro seremos las mismas personas que somos hoy (o que por lo menos continuaremos pensando de la misma manera que en la actualidad). Si siendo joven me pongo a ahorrar dinero haciendo a un lado un cúmulo de placeres propios de la irresponsabilidad, ¿cómo sé que una vez viejo no me arrepentiré de haber tomado esa decisión? Yo no creo que estos sean asuntos gratuitos porque de tales consideraciones dependen las políticas públicas, la conciencia ecológica, las promesas de amor eterno, las bodas y la mermelada de zarzamoras que guardaremos en el armario en caso de una catástrofe. Si dudo en ser uno mismo (un yo que permanece) en el pasado y en el futuro, entonces viene un cataclismo de identidad que hace imposible la idea de ser bueno por siempre. Creo que esta es razón suficiente para creer que la fidelidad -por ejemplo- no existe de ninguna manera y bajo ninguna circunstancia. Y como no existe se inventa. Tiene que inventarse. De otra manera viene el silencio, la muerte, el desamor, el petróleo en el mar. En fin.

Columna: TERLENKA. EL UNIVERSAL, 14 de junio de 2010.

lunes, 7 de junio de 2010

UNA LISTA DETESTABLE


Uno de los libros más malos que han llegado a mis manos últimamente lleva por título Me acuerdo, y es una lista de ocurrencias escritas por el artista Joe Brainard, un libro que quizás tuviera interés para el sicoanalista del autor, pero dudo mucho que tenga un valor más allá de eso, aunque Paul Auster se haya referido a él llamándolo "obra maestra." "Me acuerdo de los cinturones muy finos", "me acuerdo de los bolsos de cocodrilo", y frases similares rebosantes de vacío llenan estas páginas. En todo caso, me inclinaría por leer la lista de las ciento una cosas que más ama el cineasta John Waters, publicada en Crackpot (fue traducido como Majareta). Waters comienza su lista diciendo que ama recordar las pesadillas que ha tenido la noche anterior y saborearlas con placer durante el día entero hasta que llega la noche siguiente. La breve lista que haré a continuación es desordenada y dudo que cause interés. Lo hago porque de ese modo pondré un poco de orden en mis rencores. Un orden en el caos del rencor es cosa buena.
Escribo de manera automática conforme se me ocurren algunas cosas que me desagradan. Primero están las parejas que muestran su amor en todo momento y no pierden oportunidad para prodigarse camelos ante los demás (su fracaso amoroso será inevitable). Y luego están las mujeres que van por la calle con un hermoso perro y en cierto momento deben recoger la mierda del can con un guante de plástico, yo no sé qué pensar. Opino mal de los padres que piensan que sus hijos pequeños son simpáticos. Los dejan correr por los restaurantes como si eso nos infundiera alegría a todos: yo siempre llevo una dotación de tachuelas por si los niños se acercan demasiado. Me irritan las personas que se aprenden datos de memoria y los arrojan en la mesa con semblante docto: son una monserga. Las mujeres de tus amigos que aguardan a que sus hombres estén borrachos para coquetearte son tan nocivas como la rabia. La misma impresión me despiertan los borrachos necios quienes con los ojos inyectados de sangre te declaran su admiración o su simpatía.
Excepción hecha de uno que otro erudito, me irrita que alguien diga que ha leído a los clásicos. Los políticos que citan a escritores me repugnan (cierta vez un diputado me recomendó leer a Suetonio y para corresponderle le aconsejé leer la constitución mexicana). ¿Y las mujeres que cuentan chistes o dicen majaderías sólo cuando se hallan con otras mujeres? ¡Qué plaga! Los abstemios que piensan que no beber los hace personas virtuosas son intratables. Y quienes se emocionan cuando ven o conocen a una persona famosa son en verdad ingenuos y desagradables. Yo he tenido la mala fortuna de conocer a personas que se creen inteligentes cuando sabemos que considerarse a uno mismo inteligente es el símbolo más honesto de la imbecilidad. Detesto a quienes hacen un comentario y dan por sentado que estamos de acuerdo con él. Los vegetarianos que no saben cómo curarse la cruda y sueñan con albóndigas son seres, por lo menos, extraños. A los que te cobran puntualmente la renta (lo hacen hasta en domingo) se los chupará pronto el diablo. Todos los que bailan y se mueven realizando una representación del coito me hacen bostezar tanto que me despiertan el vómito: es verdad, los hombres duros no bailan. El joven futbolista en su carro deportivo es un lugar tan común como las caries. Los manteles rojos me recuerdan la sangre derramada en el ruedo. Abomino a los perros Rottweiler: sus dueños regularmente poseen el mismo semblante timorato y amenazante. Si algo me despierta una seria animadversión son esos automovilistas que hacen sonar el claxon por cualquier motivo. Detesto que las mujeres no puedan usar minifalda en la calle porque un ejército de patanes las amedrenta y acosa en todo momento. En fin, como se verá, mi amargura se extiende como una nube negra sobre mi vida. Termino citando a un escritor polaco, Jerzy Pilch, que dice que a los verdaderos borrachos les da vergüenza beber, pero les da más vergüenza no beber. A mí me ha sucedido lo mismo al hacer esta clase de lista, me embarga cierta incómoda vergüenza (y no tengo sicoanalista), pero me ha sido imprescindible para limpiar un poco el oscuro cuarto de las fobias y los rencores.

Columna: TERLENKA. EL UNIVERSAL, 07 de junio de 2010